Domingo, 9 de agosto de 2020|

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Y ahora, volved a vuestras casas: republicanos españoles en la resistencia francesa

El compañero Borja es uno de esos empedernidos lectores de libros sobre la lucha contra el nazismo y buen conocedor de la literatura que se ha generado sobre los campos de concentración y exterminio que crearon los alemanes. Una vez concluida la última página, con el ánimo de que otros los podamos conocer, suele enviar los ejemplares para que sigan su ruta de difusión, que para eso fueron escritos. Hace unos días, uno de los que me remitió fue el de Evelyn Mesquida, publicado este mismo año. El título, Y ahora, volved a vuestras casas, es la frase que pronunció el general De Gaulle cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, dirigida, entre otros, a los miles de españoles que habían luchado contra los nazis en el país vecino. Desconozco si lo dijo ingenuamente; quizás ignorara que muchos de esos hombres no tenían casas donde vivir (se habían unido al maquis y habitado como lobos en los montes mientras luchaban contra el ejército de ocupación alemán), o realmente, le preocupaba que esos hombres rebeldes siguieran luchando por un mundo más libre y más justo, lo que no iban a permitir los países capitalistas.

Miles de personas salieron de España al final de la Guerra Civil. No fueron bien recibidos al otro lado de la frontera. Se improvisaron campos de refugiados donde vivieron hacinados en condiciones pésimas entre chinches, pulgas y sarna, con una alimentación escasa. En algunos casos, devueltos a las autoridades franquistas o enviados a Alemania. Los tres años de la contienda habían sido duros; ahora tenían que sufrir la zarpa de los nazis, que, poco después de su llegada, habían invadido Francia.

El primer capítulo está dedicado a la Red de evasión del grupo Ponzán. Francisco Ponzán fue amigo y compañero de su maestro Ramón Acín. Cuando estalló la guerra civil, en julio del 36, pudo escapar y pasar al lado de las líneas leales a la República; el artista y anarquista oscense no lo logró y fue asesinado, como también lo fue su compañera, Conchita Monrás, unos días después. Perdida la contienda, Ponzán se establece en el sur de Francia y empieza a organizar la red que lleva su nombre. Se dedicó a salvar la vida de cientos de judíos y otros perseguidos que huían de los nazis. Les facilitaba documentación falsa y les ayudaba a cruzar la frontera para que pudieran llegar a Gibraltar, Inglaterra o Estados Unidos. Fue detenido en varias ocasiones y solía evadirse de la prisión con la ayuda de los compañeros. La última vez que le encarcelaron, en 1944, poco antes de terminar la guerra, no logró escapar. Con el ejército alemán en retirada, aún se desconoce quiénes dieron la orden de matar a unas decenas de presos y quemarlos en una hoguera; entre ellos estaba Ponzán. Había manifestado que, cuando muriera, su deseo era ser enterrado junto a Ramón Acín. Aún sigue cada uno en su tumba separados por los Pirineos.

Son muchas las historias que se cuentan en estas páginas, llenas de tragedias. No son batallitas, como las que se relatan en los cómics, son historias sufridas por miles de personas y muchos dramas familiares. Cuántos compañeros murieron en la lucha y fueron enterrados en los mausoleos de hojarasca en rincones olvidados e ignorados del mundo. Algunos de los méritos para acceder al tan deseado sepulcro: luchar contra los totalitarismos, no aceptar medallas y no permitir que personas desarmadas fueran fusiladas.

Una historia que no queremos dejar de mencionar: el robo al tren, parece ser que el más grande de la historia (hicieron falta dos camiones para transportar el tesoro); entre los asaltantes, exiliados españoles que vivían en la miseria. Entregaron todo a la Resistencia, sin que faltara un céntimo de los millones sustraídos a las autoridades alemanas y gobierno francés colaboracionista.

El capítulo de La Madeleine lo dejo para que el que lea estas líneas se anime a conocerlo mejor. Situación en la que se desarrolla: una columna de unos mil militares alemanes, integrada por miembros que pertenecían a la raza superior, bien armados, enfrentados a un grupo de forajidos, de nuevo, entre ellos, exiliados españoles unidos al maquis, que disponían de pocas armas. Merece la pena leerlo.

Francia nunca ha valorado lo suficiente a los exilados españoles que lucharon en sus filas de la Resistencia contra el ejército invasor alemán, si bien, con el tiempo, lo han ido reconociendo poco a poco. No hay que olvidar que la Nueve, la primera división que entró a liberar París, dirigida por el general Leclerc, estaba compuesta por muchos exiliados, la mayoría de ellos, anarquistas.

Es de agradecer a Evelyn el esfuerzo realizado para dar a conocer lo que hicieron los compañeros en sus luchas contra los totalitarismos. Hace algo más de una década publicó La Nueve: los españoles que liberaron París (lleva varias veces ediciones). La autora lleva años viajando de un rincón a otro para consultar documentos dispersos por numerosos archivos, haciendo entrevistas a los supervivientes, conociendo las distintas versiones de los hechos, para redactar las páginas que hoy nos ofrece. Un trabajo bien documentado y de gran valor. No solo cuenta las atrocidades de los nazis y los franceses que colaboraron con ellos, también nos da a conocer las de los estalinistas que, acabada la Guerra Civil española, donde cometieron barbaridades, siguieron con sus criminales acciones contra esos hombres y mujeres que lucharon por la libertad.

Cumpliendo con el deseo de Borja y de la autora para que se conozcan estas historias, redacto la reseña con el fin de que no queden en el baúl del olvido la vida de estos compañeros que tanto hicieron para que viviéramos en un mundo libre de tiranías. Estas biografías hacen que nos cuestionemos las banalidades por las que hoy nos preocupamos y que cada día apreciemos más los valores de libertad y de justicia social.

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