Martes, 15 de octubre de 2019|

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Los políticos y la gente. Un nuevo libro de Queimada Ediciones que hace un repaso a la actualidad política

Queimada Ediciones nos hace reflexionar sobre la situación actual. Los políticos y la gente. También la izquierda y el anarquismo (y su trayectoria errática actual).

“Demagogo es quien predica doctrinas que sabe que son falsas a personas que sabe que son idiotas” H.L.Mencken

En España la clase social tiene una componente estamental que prevalece sobre su significado socio-económico. Esta influencia de la subcultura católica reintegra en nuestra sociedad, que hace suyas supercherías como la de que “no se mueve la hoja del árbol sin que ello sea voluntad de Dios”, o la afirmación cínica de que “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja a que un rico gane el reino de los cielos”, o la categoría rotunda de que la autoridad viene de Dios, que junto con el mensaje de resignación y mansedumbre permanentes que han inoculado los más de veinticinco mil púlpitos que han actuado durante siglos en España en un tejido social abandonado a su suerte, han contribuido eficazmente a la realidad de una explotación de hombre por el hombre institucionalmente. Las clases sociales en España han tenido en la historia un desarrollo desigual con predominio de las clases dominantes, que han tenido un enorme poder y la práctica desaparición del análisis evidencia esta afirmación; otro ejemplo que reafirma, por añadidura lo anterior es el escasísimo desarrollo de los servicios de ayuda a las familias dado el casi nulo poder que las mujeres tienen en nuestro país. No obstante, la mayoría de la ciudadanía manifiesta ser clase media. La clase trabajadora ha ido disminuyendo, hasta desaparecer del discurso político y mediático, siendo muy infrecuente escuchar en los discursos políticos referencias a la tal clase trabaja- dora.

Franco, entre otras lindezas, nos dejó un país de desclasados.

Pero, en realidad, la clase trabajadora no ha desaparecido y aunque su composición ha cambiado desde ser industrial en origen hasta ser predominantemente de servicios, continúa siendo un sector casi mayoritario de la población. Ello, y que la forma en la que la gente vive, se enferma y muere, depende mucho de cómo se ubica en la estructura social de cada país, determina que hay en España diez años de vida de diferencia entre los dos polos sociales, que es una de las mortalidades por clase social más elevadas de la unión europea, con independencia ello de lo que oficialmente se declare. A estos efectos, existen en España dos grupos. Uno, de sobre un treinta por cien de la población, con la burguesía y las clases medias y profesionales de rentas altas, con las rentas superiores y una gran influencia sobre la configuración de los estados de opinión, mediáticos y políticos del país, de tendencias conservadoras y liberales mayormente; este grupo envía a su hijos a colegios privados y es atendido por la sanidad privada. El otro grupo, sobre un sesenta y cinco por cien de la población, está constituido principalmente por la clase trabajadora y las clases medias de rentas media y baja. Este grupo es el que utiliza los servicios públicos preferentemente y su influencia en el Estado ha sido, históricamente, muy limitada o nula. Esta situación de subdesarrollo social histórico viene siendo gestionada por una clase política que, respecto a dichos grupos su influencia en los medios de difusión hace que tengan unos gran visibilidad mediática y política y otros la tengan muy reducida o poca.

El libro que me permite prologar mi admirado y querido Nicolás García, es un libro luminoso y directo, como suyo. Es un libro en “román paladino”. Escrito como se habla, con ese estilo directo y rotundo de Nicolás, que reflexiona sobre el poder y la libertad, sobre los políticos y la gente, sobre la actividad política y la igualdad, manteniendo que sin igualdad no puede existir libertad y que sin libertad surgen los privilegios y, con estos, la corrupción. Un estilo que, en este tiempo de semántica evasiva, pone las cosas en su sitio. Así, con la palabra “transversalidad”, que quiere ser el clásico interclasismo, aunque la palabra ‘clase’, o la expresión ‘diferencia de clase’, esté hoy prohibida, u oculta, con la única excepción de la clase empresarial, que esa sí que es muy consciente del concepto de clase; así, también, transversalidad, como palabra desarmada de ideología, sin la carga de su antiguo reproche de entrega al capitalismo, con astucia de trileros, defendiendo intereses contrapuestos pertenecientes a las diferentes clases sociales, como en un alarde de cuadratura del círculo. O también reformista que en la historia del movimiento obrero ha sido tilde de militante tibio, optante a la evolución en sustitución de la revolución, que queda relegada así a solo una vieja aspiración y que, actualmente, es patrimonio común tanto del ideario de las derechas populistas como de los populistas, si los hay, socialdemócratas. El libro, en su desarrollo, es todo claridad. Y el libro, aporta, como genial y efectivo recurso e instrumento para la defensa de la libertad al anarquismo, un anarquismo comprometido e integrado en la actividad política del estado. Y la pervivencia de El Quijote como tratado de sociología política.

José Luis Díez Berna, febrero 2019