Viernes, 15 de noviembre de 2019|

11 visitas ahora

 

Ha muerto Antonio López Campillo, compañero inquieto y excepcional.

Ha muerto Antonio López Campillo, compañero inquieto y excepcional.

Doce días después de su fallecimiento ha aparecido en el País una sencilla esquela, por supuesto sin cruz, con el epitafio ,Ubi libertas, ibi patria (donde hay libertad, ahí está la patria) que mejor define su trayectoria. Para todos aquellos que militaban en el antifranquismo, o pululaban por los ambientes culturales de la Transición, no había sido necesario explicar quien era, pero hoy su figura y su presencia han caído en el olvido. Hijo de una familia republicana conservadora, que se había adaptado al franquismo, Antonio inicio su disidencia como pastor protestante en un pequeño templo de la calle Noviciado de Madrid. Tras la segunda guerra mundial, Franco tuvo que contemporizar con el gobierno norteamericano, tolerando el culto evangélico, siempre que no hiciese proselitismo.

Lo que resulta un arcano es saber como Antonio se inicio como protestante. Probablemente sería la única forma de contestación que podría. Años después Antonio constituía la célula del PCE, bajo la dirección de Jorge Semprún, y en connivencia con Enrique Múgica, organizarían las diferentes actividades culturales y anti franquistas que llevarían a los sucesos del 56. Mientras acababa la carrera de Ciencias, sección Química y comenzaba Filosofía, se tuvo que exiliar a París, antes que estallara todo.

Allí se integró en el FLP, y posteriormente participó en las primeras reuniones que darían lugar al primer grupo maoísta, el primer PCE (M.L). Dice mucho de su perspicacia, que en las primeras reuniones con los representantes de la embajada albanesa, con la presencia del sempiterno compañero conductor que se parecía mucho a un agente secreto, se negara a recibir fondos de ese país, supongo que intermediario de China, porque pensaba que ello coartaría la independencia del naciente partido.

Y dice mucho de que ya entendía como funcionaba el poder que volvió a París no por los caminos preestablecidos, sino por otros y se libró de extraños accidentes.

París era todavía la capital de la disidencia mundial, y en menor medida de la intelectual, y los grupos libertarios y antifranquistas le buscaban dados sus conocimientos de química que podían servir para la falsificación de documentos, cheques y papel moneda, tan necesarios para salvar compañeros.

No recuerdo si me dijo con quien llegó a colaborar, pero lo que si estoy seguro es que afirmó que no coincidía con aquellos que primaban los discursos patrióticos sobre los izquierdistas.

Franco por fin se murió y llegó la Transición. López Campillo conocía demasiado a los que dirigían la reforma, habían sido sus compañeros de aula y a los que desde la oposición aspiraban al poder, y no se fiaban de ellos. Por eso su espacio natural era el movimiento libertario: conocía los mecanismos del poder, amaba la libertad por encima de todo, y creía en la solidaridad. Y mientras participaba en diversos proyectos culturales, ahí están, sus “cameos” en diversas películas de la movida, con otros antifranquistas y libertarios se planteó como revitalizar un movimiento libertario que tras un efímero resplandor había entrado en crisis.

El resultado fue la creación de la Fundación Aurora Intermitente en 1986 que tenía como objetivo reflexionar, actuar y dar cabida en sus locales a todos aquellos que sin pertenecer a partidos y desde una perspectiva de izquierdas, libertaria en la practica, quería cambiar la realidad. Y en ello participó Antonio de forma activa y financiera. Con el tiempo se fue alejando, los años pesaban, y más cuando la Aurora decidió dejar de tener un espacio físico, y utilizar sus medios de otra forma, pues ya había otros locales y el movimiento se estaba reconstruyendo.

Pero la semilla ya estaba echada, los movimientos alternativos se estaban extendiendo, incluso se logró mantener los canales de comunicación, entre los activistas del roto movimiento obrero, y aunque algunos acabaron por integrarse en las instituciones, la eterna disyuntiva, la subcultura de contestación se ha mantenido.

Y ello fue un logro de López Campillo, junto a otros.

Que Antonio vuelva a la tierra, la que tanto amó.

JAC