Martes, 10 de diciembre de 2019|

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A VUELTAS CON EL PROCÉS Y LA DERIVA LIBERATARIA

Esta semana se han publicado las sentencias a los encausados por rebelión, sedición, declaración política, salida de tono, rabieta colectiva o lo que cada cual considere oportuno, que luego, aquéllos que tienen poder de sanción, dictaminaron que era sedición, sin contentar a nadie, pero sin provocar el enfrentamiento total, con alguna de las partes, aunque, eso sí, fallen en clave conservadora, en este caso, española, que al fin y al cabo son personas de orden. Baste recordar los prolegómenos de esta situación: la enésima crisis capitalista, en este caso financiera, que se adelantó a la nueva transformación tecnológica, la robotización con sus consecuencias negativas para la mayoría, tanto de los salarios como de los empleos. Nada nuevo. Lo que sí es una novedad (excepto para Alemania y EEUU, salvando las distancias) es el hundimiento de las llamadas clases medias, allí donde existían. A la mayoría nos habían convencido de que ya no éramos trabajadores, sino que pertenecíamos a la clase media, y de que si conseguíamos una buena formación, trabajábamos duro y nos quejábamos, pero sin exigencias, no se llegaríamos a ser ricos, pero cada vez viviríamos mejor. Y de repente, todo se acabó. Buscamos un culpable y hallamos en los políticos que eran parte del problema, pero no todo. Los profesionales de la política, y sus redes clientelares, en todo el mundo, en una primera fase fueron desplazados por nuevas agrupaciones políticas, a veces, las mismas con distintos ropajes. En esta primera fase, al igual que en el periodo de entreguerras, pareció que se impondrían posiciones más reformistas e izquierdistas. Pero cuando la crisis se agravó, sin que nadie se atreviese a pedir responsabilidades a los ricos o a obligar a que aportasen algo, surgió el miedo, y con él, la xenofobia, las posiciones reaccionarias y el nacionalismo. Tampoco nada nuevo, basta mirar los años treinta, aunque como la crisis no fue tan profunda, la reacción tampoco fue tan intensa. Cuando las elites dirigentes que manejaban los resortes de Cataluña vieron llegar la crisis, se aprestaron a utilizar el recurso habitual “la culpa es de España”, aceptando, como mucho, la caída de la familia Pujol, que eso sí, se quedaría con parte del dinerito. Mientras, el digno empresariado catalán, presionaba para conseguir más ayudas y menos impuestos para Cataluña, es decir, para ellos, sintiéndose, una vez más agraviados, pero sin ningún interés por independizarse. Pero las cosas habían cambiado, las llamadas clases medias estaban sufriendo en sus carnes la crisis, y como sabe cualquier especialista en movimientos sociales, si logras individualizar un enemigo concreto, “España” en este caso, a partir de una ideología previa, sea por propaganda, educación o realidad objetiva, en este punto que cada uno exprese lo que sienta, la movilización está servida. En esta situación, la catarsis emocional, el independentismo catalán, se acercó al 50% de la población y, como también está estudiado, las posiciones más radicales, arrastraron a las dubitativas fuerzas dirigentes que controlaban el Estado en Cataluña, la Generalitat y sus adláteres. Probablemente, lo que querían era una presión permanente para beneficiarse y continuar dirigiendo esa parte del Estado (manteniendo no sólo sus sueldos, sino, también, de periodistas, asesores, gestores de empresas y culturales… decenas de miles de personas, no son moco de pavo) pero sin romper la baraja. De ahí el esperpento de la declaración de independencia y su supresión un minuto después. Lo que sucede ahora, es también lo esperable, a medida que se produzca un reflujo en las movilizaciones, por agotamiento, una minoría se inclinará hacia la algarada. Si estas algaradas están coordinadas y organizadas desde una parte del aparato que cobra del Estado, aunque sean independentistas catalanes, a día de hoy, no puede saberse, pero que en esta sociedad del espectáculo que soportamos, unos utilizarán las imágenes para demostrar lo dura que es la represión del Estado Español con mayúsculas, y otros para demostrar que los independentistas quieren un baño de sangre, eso, es seguro. Y a vender emociones, que no es la primera vez que todos lo intentan: allá a principios del siglo XX, ya hubo sectores catalanistas que los intentaron, Solidaritat Catalana, y también, españolistas, el partido Radical de Lerroux, con amplio apoyo popular, pero el movimiento libertario supo reaccionar y no enfangarse, el resultado fue la creación de la CNT. Pero la situación ahora es distinta: el movimiento libertario está debilitado, aunque creciendo, las condiciones sociolaborales no son tan espantosas, el estado patriótico, no importa qué bandera, tiene mayor capacidad de propaganda, y los resultados ya los hemos visto. Todas estas batallitas y luchas por el poder no tendrían que afectarnos, pero el hecho es que se han visto grupos libertarios que se han pasado al independentismo catalán, siguiendo directrices y a libertarios con años de cárcel, es verdad, que después de varias copas gritar “soy español”. Porque la realidad es que aquéllos que realmente se sienten ciudadanos del mundo son pocos y, de alguna manera, la mayoría tiene la sensación de pertenecer a una comunidad, asociada a aprendizajes y vivencias de la infancia. No siempre fue así, pero es el momento de tratarlo ¿qué hacer? Parafraseando a aquel estudiante ruso de derecho. Lo primero, basarnos en criterios de racionalidad y no en emociones que están manipuladas. Y la razón nos dice que el capitalismo tiene una gran capacidad de adaptación y que se basa en la obtención del mayor beneficio, sin tener en cuenta la destrucción de personas o de ecosistemas que pueda ocasionar, y ahí es donde tenemos que atacarle, reduciendo sus ganancias. Si el debate se basa en el derecho a decidir, éste no puede plantearse bajo criterios de nación, porque, por definición, ésta es un territorio, con una población. O ¿es que alguien se cree que si Reus, por ejemplo, decide convertirse en una comuna independiente el reino de España o la República Catalana se lo permitirían? Que hace tiempo que el capitalismo es transnacional y que las patrias sólo sirven a facciones de la burguesía, y también de las clases medias para lucrarse, y en el peor de los casos no perder estatus, en perjuicio de otros sectores de población más desfavorecidos. En los países llamados democráticos, la acción pasa por las movilizaciones sociales: contra la explotación, por el derecho a los bienes básicos, es decir, contra la propiedad y por el derecho a un mundo habitable, y no por ir detrás de unos trapos agitados por unos traperos. Por eso debemos ser capaces de imponer los lugares simbólicos ante los que manifestarnos. Es difícil, ya lo sé, no caer en la soflama patriótica, si Kropotkin ya lo demostró, apoyando a un bando en la I Guerra Mundial, no puede resultarnos extraño que ante las últimas movilizaciones, los libertarios no fueran capaces de adoptar una postura común. Por eso la huelga, en los centros de trabajo, exigiendo mejoras sociales, no nos llevará a la revolución social, pero si crea conciencia de clase y pone las cosas en su sitio. Y replantear nuevos objetivos de los pocos centros ocupados y ateneos libertarios, incluidos las luchas contra las mafias urbanísticas que están dividiendo a los trabajadores. Mientras tanto, y a medida que se llegue a una tregua entre sectores patrióticos de ambos lados, habrá que echar la culpa de la violencia a alguien, y para eso estamos los libertarios, ahora que estábamos levantando cabeza. Así matarán dos pájaros de un tiro. Por ello tenemos que prepararnos y, sobre todo, seguir reflexionando.