Martes, 24 de octubre de 2017|

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Y después de las Elecciones: ¿Qué?

Bajo el ropaje formal de la democracia se esconde un cúmulo de ilusiones de libertad irreales. El “todo para el pueblo pero sin el pueblo” de nuevo se enseñorea. Reducir la participación política a un instante cada cuatro años, el instante de introducir un papelito en una urna con miles de condicionamientos y manipulaciones pesando sobre las personas, es una burla, una farsa.

Ya se ha votado ¿Y ahora qué? ¿que es lo que ha cambiado?, ¿qué es lo que puede cambiar cuando nada cambia? Aquellas personas que en las asambleas de las acampadas promovían el voto -voto a mi partido para castigar a mi rival- y a la vez decían que compartían los planteamientos de las movilizaciones, en realidad no hacian otra cosa que manipular, ellas a su vez, para su exclusivo interés, a un movimiento que nació contra toda burocracia política y el sistema que la sustenta. ¿Acaso es posible controlar el poder a través de los partidos, sin que la sociedad civil misma sea controlada por ellos? ¿Quien controlará al controlador? Los partidos a la usanza no son sino instrumentos que aspiran a obtener poder para decidir sobre la vida de los demás sin contar con ellos, algo que debe ser muy satisfactorio porque quienes lo alcanzan se aferran a el como garrapatas.

Pero el poder, como el estiercol, solo es bueno si está repartido. Y la política, es decir, las cosas de la polis, las que son del común, es algo muy serio para dejarlo en manos de los politicos, de los que han hecho de la politica su profesión.

Y de la concentración del poder a la corrupción hay una linea continua: la del propio sistema. Un sistema que está pensado para concentrar el poder en pocas manos y para que el conjunto de los ciudadanos ponga en ellas su capacidad de decisión renunciando al ejercicio de su libertad, es un sistema corrupto en esencia porque propicia el robo de la libertad de los mas para beneficio de unos pocos.

Supongamos que se aprueba una modificación de la ley electoral para que en lugar de haber dos partidos hegemónicos haya tres o cinco o diez. ¿Qué habrá cambiado? Nada, absolutamente nada. Se pasaría de un oligopolio politico a dos a un oligopolio politico a tres, cinco o diez. Habría quizá algunos más repartiéndose el pastel, pero el resto de las personas, los del común seguiríamos al margen de las decisiones que afectan a nuestras propias vidas.

Si aquí se ha movido algo es porque muchos miles de personas nos hemos echado a la calle para gritar ¡basta ya!, porque hemos entendido que la libertad no se otorga, se conquista. Y entonces, solo entonces, las burocracias del poder se han empezado a asustar. ¡Vota y calla! es lo que están deseando que pase para que el grito de indignación popular se apague. No les demos ese gusto.

Paco Zugasti, 22 de mayo de 2011