Jueves, 27 de abril de 2017|

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Una oportunidad para la Cultura

Un artículo de José Luís Carretero.

Una historia del mundo cultural desde la Transición española conformaría el abrupto escenario de una ocasión desperdiciada.

Construida a la imagen de un proceso político que no implicó ruptura alguna con el pasado dictatorial, sino simple reforma, en la que se olvidaron oportunamente todos los puntos de fricción y se respetó la arquitectura de los elementos esenciales del poder social, la cultura nacida y desarrollada bajo el régimen juancarlista no puede calificarse más que como un enorme fiasco.

Abatidas las apuestas “utópicas”, declaradas impensables las “grandes narraciones”, artistas, escritores, cineastas, se volcaron sobre lo doméstico, lo costumbrista y pintoresco, para construir una cultura sin aristas ni sustancia. La eterna historia del despertar sexual de un tierno adolescente reprimido sin más actividad neuronal que algún libro de citas intrascendentes se repetía en todas las pantallas, provocando el aburrimiento mortal y el coro de bostezos de las generaciones posteriores, que procedieron diligentemente a huir de todo eso que aquellas gentes se empeñaban en seguir llamando “creación”.

Pero a la sombra de la pereza se construían otras cosas: junto a los cineastas cuya única “transgresión” posible y previsible era hacer jolgorio de una sexualidad medianamente desinhibida (al fin y al cabo, todo el mundo seguía actuando según los cánones tópicos de su identidad social, tradicionalmente definida) medraban los “organizadores”. Gerentes, críticos, publicistas, académicos, secretarios varios, gentes que se dedicaban a manejar las ingentes subvenciones asociadas al chalaneo inherente a un bipartidismo feroz y tendencialmente autocrático. Politiquillos mezquinos, personajes grises, más preocupados por conseguir acceso al amiguito instalado en el sillón público, que a ningún tipo de actividad intelectual o artística que, en el mejor de los casos, no era más que el ligero barniz que envolvía la búsqueda de medro personal.

Había que ser listo y estar en el candelero. Y eso implicaba hacer muchas reverencias y mostrarse muy servil con el Partido del gobierno o de la oposición, dar inigualables puñaladas traperas al adversario y, por supuesto, odiar de manera absoluta a todo aquel pretendiera hacer, culturalmente, algo más que repetir fórmulas gastadas, pero claramente inofensivas para los amos del poder mediático y financiero. Aquí, durante décadas, como bien afirmara Balzac al reflejar una sociedad bien parecida, el hombre honrado era “el enemigo común”.

Covachas, capillitas, camarillas en constante enfrentamiento cainita por cuotas de poder expresadas en el reparto clientelar de los emolumentos públicos. Salas vacías, huida en masa de la población de una cultura mortecina, superficial, absolutamente ajena a las vibraciones generosas de la vida, que siempre ocurría en otra parte.

Todo ello, por supuesto, construyó también la imposibilidad y la incapacidad que atenazan a la propia “intelligentsia” del sistema para prever o analizar una crisis que no es sólo es económica. La crisis cultural implementada sobre la renuncia al trabajo intelectual y sus rigores, levantada sobre un mundo de corruptelas y endogamia, elevada sobre el cinismo y la pose desencantada de quienes nunca mostraron más vida que intereses, ha sido, también, la crisis de un modelo de pensamiento burbujil, vacío y glorificador del poder cada vez más desnudo de los menos.

Cualquier socio del Ateneo de Madrid, por ejemplo, podrá rememorar lo que ha sido la Docta Casa en los últimos tiempos: el escenario del despliegue de unos círculos radicalmente antidemocráticos (por contrarios a la participación colectiva) y asociados a los distintos ámbitos del poder capitalino; más preocupados por no dejar espacio de llegada a la ubre estatal a los neófitos y competidores, que por desarrollar proyecto cultural, intelectual o pedagógico alguno.

Algo puede cambiar, sin embargo. Recientemente, la Docta Casa ha sido también el escenario de una rebelión cívica sin precedentes inmediatos. Los socios y las socias han evitado la puesta en marcha de un “Plan de Viabilidad” que, a la imagen y semejanza de los ajustes impuestos por la Troika al Estado Español, pretendía tomar medidas absolutamente antisociales, incuyendo un ERE respecto a los empleados de este espacio centenario.

Tras los reinos de Taifas, los EREs. Alguien tiene que pagar el festín de los tiempos del juancarlismo feliz, lo políticamente correcto y la cultura del vacío y las “pequeñas narraciones”. Y, como siempre, se pretende que los paganos sean los trabajadores y aquellos que, por su oposición impertinente a todo lo que ha sido, fueron sometidos a una oportuna marginalidad.

Pero no nos engañemos: en las calles, en los centros culturales, hasta en el mismo Ateneo, algo ha cambiado. La energía cívica de las multitudes de las Plazas, la resistencia impenitente de los sectores aún vivos de esta sociedad devastada, dibuja un nuevo escenario.

A la cultura del hastío y el aburrimiento, del clientelismo y de la reverencia, de los que están desencantados de estar vivos, se opone ahora el radical redescubrimiento de la pasión por el trabajo intelectual como fundamento popular, como proyecto de humanización y de propagación de la ternura y las sinergias que se oponen a las imposiciones de la Troika voraz y de sus mezquinos imitadores a pequeña escala.

Construyendo una nueva cultura. Tomando las plazas, los centros públicos o sociales, los Ateneos (la Docta Casa, también), para hablar, para pensar, para compartir, para debatir, para crear, generaremos el tejido que dote de sentido y posibilidades a una praxis más allá de las imposiciones, la estulticia y el autoritarismo.

Todos juntos. Sin renunciar a nuestras diferencias. Cooperando.