Jueves, 25 de mayo de 2017|

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Reseña del libro "Isaac Puente Amestoy. Anarquista"

Isaac Puente Amestoy, anarquista.

De médicos ácratas. Reflexionando sobre las biografías

Reseña del libro Isaac Puente. Anarquista. Autor Ignacio C. Soriano Jiménez. Edición de la Asociación Isaac Puente

De la mano de uno de los grandes eruditos contemporáneo del anarquismo español, Ignacio Soriano, se nos da a conocer la vida del médico libertario alavés Isaac Puente Amestoy. La edición ha corrido a cargo de la modesta pero activa Asociación que lleva su nombre en Vitoria, obra que acaba de ser publicada y que se está presentando por los distintos rincones de la geografía peninsular.

Nacido en el seno de una familia que disponía de medios para que sus hijos llevaran una vida cómoda y pudieran estudiar en la Universidad, Isaac Puente eligió la carrera de Medicina. El autor nos va dando a conocer facetas de su personalidad, de su vida privada, de sus actividades públicas, de sus trabajos, escritos, conferencias, de su militancia libertaria y nos hace reflexionar sobre los motivos que le llevaron a comprometerse en las luchas sociales. Siendo médico podía vivir y disfrutar holgadamente de los bienes materiales que su privilegiada profesión le ofrecía. Puente, al contrario que muchos otros, pensaba que la sociedad en la que había nacido le había facilitado poder estudiar y se sentía en deuda con ella. Por eso, cuando ejerce la medicina, procura no cobrar las consultas a la gente humilde.

Su ideal, que plasmó en el popular folleto que se publicó bajo el título de El comunismo libertario, quedó frustrado. Cuando tenía cuarenta años su vida fue segada por la barbarie. Las diferentes castas, a las que él no quiso pertenecer (médica, militar, eclesiástica…) se encargaron de que los sueños de un pueblo no se hicieran realidad.

El médico rural, seudónimo bajo el que firmaba numerosos textos, fue un prolífico autor. Sus conocimientos no los guardaba en el baúl, los daba a conocer siempre que podía a través de artículos, folletos y conferencias. Fue un hombre muy avanzado para su época. Tres pilares básicos de su doctrina eran el naturismo, la sexualidad y el eugenismo. Todos ellos muy bien expuestos a lo largo del libro; con los distintos puntos de vista y debates que surgían entre los diferentes ámbitos, grupos e ideologías. No en todos los campos fue inútil la siembra. Solo viendo el uso y aceptación de los anticonceptivos en la sociedad actual, incluso aunque oficialmente se rechace, como en sectores católicos, podemos apreciar una transformación radical de las costumbres sexuales.

La biografía que reseñamos nos recuerda a otra, a la del artista Ramón Acín, por diversas circunstancias coincidentes: murieron asesinados a sangre fría casi a la misma edad, en las mismas fechas o circunstancias (1936, al poco de comenzar la Guerra Civil), por los fascistas, y dejaron a unas hijas, entonces niñas, sin los medios con los que poder vivir como hasta entonces lo habían hecho. Soriano nos hace pensar sobre esa entrega individual para cambiar el mundo en el que se vive, sobre la existencia, sobre la ética anarquista, sobre la libertad. Si la pena de muerte no puede estar justificada en ningún caso, ¿qué opinión se puede tener de los asesinos de estos hombres? Si lo que les motivó no fue otra razón que la de evitar que el mundo se transformara, fuera más justo, libre y mejor para todos, ¿qué podemos pensar de quienes les quitaron la vida a estos hombre que se habían entregado, a costa de su bienestar personal y familiar, en tan loable y universal empeño? No hubo ni juicio ni sentencia, solo la sumarísima ejecución. ¿Se hubiera atrevido algún juez o tribunal a exponer por escrito que se les condenaba a muerte por ayudar a los demás, por ser solidarios con el pueblo?

Rechaza la medicina como negocio y la farmacia como medio para lucrarse del mal ajeno. Como conoce bien su profesión, ha constatado que muchas enfermedades las padecen los obreros por las condiciones en las que viven (duras y largas jornadas de trabajo, casas insalubres, mala alimentación, prole muy numerosa y hacinada, etc.) y, en lugar de obtener beneficio a costa de la salud de los trabajadores, propone erradicar las condiciones para que desaparezcan los efectos. Tarea ingente y peligrosa.

Isaac Puente amaba la libertad, no la riqueza; rechazaba la jerarquía, anhelaba la igualdad. No aspiraba a los delirios de grandeza de los poderosos; disfrutaba de la serena vida rural, el simple caminar por bosques y montañas. Alejado de megalomanías, la sencillez y entrega de este compañero con su pueblo era la grandeza de un generosísimo corazón. No callarse en un mundo dominado por caciques tiene su precio; denunciar las injusticias y los abusos de poder, un coste muy alto. La represión era feroz. Aun así, siempre había recursos para burlarse o aprovecharse de los de arriba. Se cuenta que en una ocasión parece que cobró trescientas pesetas (un dineral en los años treinta) por curar a la hija de un mando de la guardia civil, pero que destinó a los obreros que habían convocado una huelga para poder mejorar sus condiciones laborales. Si bien en el mundo libertario no hay santoral anarquista, Isaac Puente es un compañero modélico que debería servirnos de ejemplo por su integridad y trayectoria éticas.

Por circunstancias ajenas a la reseña que nos ocupa, he leído recientemente las memorias de otro médico anarquista español, Pedro Vallina, que tuvo la suerte de poder exiliarse a México al final de la Guerra Civil y seguir practicando lo que le enseñó Fermín Salvochea: Hacer el bien. Distintos motivos me hacen pensar que, estas vidas tan intensas, si en lugar de ácratas fueran de otra ideología (en cualesquiera otras hay santorales) tendríamos numerosos estudios publicados en libros y revistas; se habrían filmado películas y series para televisión; realizado congresos; puesto sus nombres a calles, parques, hospitales, colegios, institutos y fundaciones. Sin embargo, en los casos de los que hablamos hay casi un silencio absoluto.

La biografía, independientemente de la ideología del personaje que se nos dé a conocer, es un género literario muy atractivo. De forma amena, se nos puede ir mostrando, a través de la vida individual, el ambiente social, económico y cultural en el que se desarrolla; la historia y la intrahistoria. No es la primera vez que Soriano aborda este género. Su tesis doctoral versó sobre los editores anarquistas Hermoso Plaja y Carmen Paredes, solo publicada, parcialmente, en papel impreso en catalán. Aunque existe la posibilidad de acceder al texto completo en castellano, El anarquismo silencioso 1889-1982 en Internet, bueno sería (sin ánimo de abusar en peticiones a entidades modestas) que si hiciera una impresión en papel. Un caso más reciente, en el que también hace incursión en la vida de otro compañero, es en el libro que acaba de publicar La Linterna Sorda, Emma Goldman, anarquista de ambos mundos, de Peirats, en cuya introducción hace una biografía del biógrafo de la compañera americana.

Los apéndices finales del libro nos facilitan los nombres de numerosísimos periódicos y revistas donde Puente publicó artículos, y los títulos de libros y folletos que se fueron publicando en las distintas editoriales. Igualmente hay una exhaustiva bibliografía sobre el médico rural. Cuenta con un índice onomástico, muy apreciado por quienes, en ocasiones, necesitamos consultar la referencia de alguien de forma concreta. Cierra el libro un cuadernillo con las cubiertas en color, algunas de ellas ilustradas por Monleón, de sus obras.

Reseña realizada por Tántalo