Viernes, 15 de diciembre de 2017|

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Reseña del libro: "El ajedrez de estrellas: crónicas de viajeros españoles del siglo XIX por países exóticos (1800-1913)"

Una nueva edición del libro de Lily Litvak, El ajedrez de estrellas

En 1981, el editor Antoni Bosch daba a conocer una de las obras clásicas del pensamiento libertario español: Musa libertaria: arte, literatura y vida cultural del anarquismo español (1880-1913). Su autora, Lily Litvak, una estudiosa de la cultura francesa, conoció por una necesidad bibliográfica a Hermoso Plaja en México, un impresor y editor ácrata español que se tuvo que exiliar tras la Guerra Civil al continente americano. Fruto de ese encuentro, Lily descubrió un pensamiento y una historia hasta entonces para ella desconocidos: el anarquismo ibérico. Le impactó tanto la lectura que sobre esta filosofía social le recomendó Plaja, y las conversaciones que tuvo con él, que modificó su ruta de estudios y se dedicó a ello por completo. Se entregó durante varios años a la tarea recorriendo numerosas bibliotecas, hemerotecas y archivos nacionales e internacionales.

La autora no se detiene a estudiar una parcela de la sociedad del período del cambio de siglo al que dedica sus ensayos. Tras mucho tiempo consagrado a la investigación minuciosa y detallada, y alcanzar una erudición poco común sobre esa época, Litvak nos sorprende periódicamente con nuevos libros sobre otras facetas de la sociedad de finales del siglo XIX, mostrándonos una visión más holística del mundo que analiza: el arte (muy ampliamente el Modernismo), el erotismo, la geografía, los viajes, el teatro… (1). En Erotismo fin de siglo, publicado en 1979, analiza el eros a través de tres autores españoles: Juan Ramón Jiménez, Ramón María del Valle-Inclán y Felipe Trigo, el escritor extremeño, ya desconocido e ignorado por la sociedad española de la Transición, y que la hispanista rescata del olvido por ser un hombre muy avanzado para su época.

Para poder disponer de documentos menos accesibles al investigador, la autora tuvo que buscar las oportunas vueltas con el fin de que llegaran a sus manos textos muy interesantes. Fruto de un ingente trabajo, y siendo de un período posterior al cambio de siglo, es la edición de Antología de la novela corta erótica española de entreguerras, 1918-1936. La obra que acabamos de leer, y que vamos a comentar, es El ajedrez de estrellas: crónicas de viajeros españoles del siglo XIX por países exóticos (1800-1913); una nueva edición que ha publicado Verdelís inaugurando la colección Hispanismos.

Los testimonios de los viajeros son muy heterogéneos, como lo son los propios cronistas, que van desde embajadores, a miembros de expediciones científicas, aventureros, religiosos que desean evangelizar, fotógrafos, periodistas… No hay un único tipo, y los relatos difieren de unos a otros por su propia visión del mundo. Partían de Europa como si el continente fuera el centro del mundo. Las distintas potencias, así consideradas por su desarrollo industrial, se repartían el mundo por áreas de influencia. La población había aumentado considerablemente a lo largo del siglo. Los transportes marítimos y terrestres se vieron favorecidos con el barco de vapor y el tren; la información gráfica, con la fotografía, que iría reemplazando a los dibujos y grabados. Las grandes obras de ingeniería, como la del Canal de Suez, permitían acortar la ruta de comercio entre Europa y el sur de Asia, evitando tener que rodear África. Pero esta gran obra, que favoreció el comercio europeo, fue a costa de la vida de muchos obreros que trabajaban en condiciones infrahumanas. En muchos de los testimonios de los viajeros se aprecia un orgullo y etnocentrismo europeo que se muestra superior a los otros, bien sea sobre el color de la piel («parecen estar siempre tristes por no ser enteramente blancos»), la religión no católica (a los musulmanes los califican de despóticos, crueles y con espíritu de venganza; a los judíos, expulsados de la península ibérica, siempre tratados con prejuicios y profundo desprecio: «Tienen a honra llamarse españoles, lo cual podría ser para nosotros justo motivo de orgullo nacional, si no se tratara generalmente de truhanes y bribones en el sentido más lato de la frase») o cualquier otra condición no occidental. Hay frases muy hirientes, como las que emiten sobre los descendientes de los portugueses en las colonias: «dignos de figurar en una casa de fieras en compañía de cualquier orangután». Dupuy, también como estando por encima de los negros: «Esta gente solo tiene de ser humano una forma aproximada […] y parecen más una variedad de cuadrumanos que del homo sapiens de Linneo». El choque más crudo era con el canibalismo. Como describe Iradier de los pueblos antropófagos pamúes y palatitos: «El rey, en esos festines de carne humana, come la cabeza y los testículos; la nobleza, el pecho y los brazos, y el pueblo todo lo demás.»

Tampoco es siempre apreciada y valorada la presencia de españoles entre los nativos: «Confesó que los colores y el blanco de nuestros vestidos era lo que más espanto les producía […], que nuestros rostros, los primeros que veían de color semejante, les inspiraba profundo pavor».

Las prácticas culinarias, los alimentos, las drogas, la música… son tan diferentes que solo ante mentes abiertas es posible la convivencia y el respeto a lo diferente.

Sin embargo, hubo viajeros absorbidos por la magia del mundo exótico, y pese a las durísimas condiciones de vida, y rechazando su propio mundo, se integraron, como fueron los casos de Badía, Gatell, Murgo o Ciro Bayo por citar alguno.

Uno de entre otros tantos viajeros de los que se habla en el libro es Félix de Azara (1476-1821), que aportó novedades etológicas con sus estudios sobre la fauna del Paraguay y del Río de la Plata, citado varias veces en la obra de Darwin, que ya planteaba en sus libros ciertos postulados básicos del naturalista inglés y fue muy crítico con el creacionismo, aunque nunca llegó a formular la teoría de la evolución de las especies. El viajero español, sin tener formación científica, expone sus observaciones y análisis de forma tan lógica y razonable que son difíciles de rebatir.

El flujo de conocimientos, técnicas y productos es recíproco entre las distintas culturas. El maíz, el tomate y la patata, por citar algunos de los muchos alimentos, eran desconocidos en Europa, pero no había caballos en América, aunque a los que veíamos películas de indios cuando éramos niños nos sorprenda que este animal no habitara el continente antes de la llegada de Colón.

Los lectores, a través de los libros de viajes, con los testimonios que traían los cronistas de sus visitas a otros rincones remotos del mundo, empezaban a ser conscientes de que no había una única forma de vida, uniformada, universal, y les hacía cuestionarse la propia como la más idónea y perfecta ante la variedad y diversidad de sociedades que podían conocer en los relatos. Ver la propia cultura desde una perspectiva de otra muy distinta, facilita comprenderla y relativizarla. Algunos pensadores opinan que esas obras bien pudieron ser uno de los gérmenes que contribuyeron de forma muy importante en el desarrollo de la Ilustración.

El viaje representaba una escapada del rígido sistema social que se sufría en la Península. Si algunos partieron con la idea de evangelizar o domesticar, otros corredores de mundos lo hacían con un espíritu más noble: el anhelo de ser libres, de ver lo diferente, lo desconocido, de tratar de descubrir algo nuevo, frente a aquellos otros que pretendían alcanzar empresas rentables o riquezas materiales. Es gente más abierta a conocer otros mundos, dejando atrás una vida quizás monótona o adocenada para espíritus inquietos que buscan novedades, impregnando su existencia con las peculiaridades de las rutas realizadas, que a dominar o conquistar tierras remotas. Todo ello no puede negar la existencia de bárbaras conquistas militares y el expolio de los recursos naturales de pueblos y la destrucción de culturas, para las que los testimonios de los viajeros pudieron ser muy útiles. Sin embargo, en el corazón de ciertos viajeros, está la búsqueda de la Arcadia, de un mundo mejor, y de entre las muy diversas razones que se puedan dar –económicas, científicas, políticas, religiosas, militares, demográficas…– figura la de ese espíritu que trata de llegar allí donde la gente es feliz, no existen jerarquías, se desconoce la propiedad privada, y la naturaleza bella y generosa, cálida y variada, permite gozar de los deleites sexuales totalmente liberados. Un ensayo muy ameno que nos invita a reflexionar sobre el encuentro de civilizaciones y culturas, aunque ciertos críticos no lo consideren un encuentro, sino una dominación de unas por otras, que pudo lograrse, en cierta medida, gracias a la información que facilitaban los viajeros sobre los países o tierras exóticas recorridas.

Completan el libro numerosas notas, una amplia bibliografía –principal y secundaria– y un índice onomástico.

Tántalo de Okelon

Notas:
1. Para conocer todas sus escritos, podemos encontrar una bibliografía bastante completa en la Biblioteca Nacional de España: o, más amplia, en el Buscón, metabuscador de la BNE, que se encuentra en la misma página web.