Viernes, 26 de mayo de 2017|

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La invasión del pánico

La invasión del pánico

De la serie "Películas para leer"

El tema de la invasión extraterrestre es tan viejo como el mundo, pero nadie como H. G. Wells ha sabido ponerlo en letras de molde. Y este hombre, amante de la paz por encima de todo, lo hizo en las postrimerías del siglo XIX, cuando los ejércitos de la reina Victoria de Inglaterra, seguían combatiendo para mantener a toda costa sus colonias en Asia y África.

Enfermos de poder y de conquista, a los gobernantes ingleses les había llegado el momento de mirar también hacia las estrellas. Tenían la Ciencia de su parte, y los sueños de escritores como Jules Verne, predecían un futuro de expansiones celestes, digno de figurar en los versos de Rudyard Kipling.

Pero mientras los científicos del Imperio, indagaban sobre la conquista de los planetas y trabajaban por el desarrollo armamentístico, un escritor escéptico, enemigo del colonialismo, dirigía sus dardos al otro lado del espejo: la invasión extra terrestre.

No era una mala idea la suya; ni por supuesto tan novedosa como pretendían algunos. Pero "La guerra de los mundos" de H. G. Wells, publicada en 1898, causó estupor entre los políticos europeos.

"Durante diez días y con intervalos de 24 horas, caen el Inglaterra unos extraños proyectiles de grandes dimensiones, disparados contra la Tierra desde el planeta Marte. En cada uno de ellos viajan cuatro marcianos cuyas cabezas, representan las tres cuartas partes de su cuerpo. Son todo cerebro, con una horrible boca angular rodeada de dos grupos de tentáculos que sustituyen a los brazos y las piernas. Vienen provistos de extraños elementos para armar unos gigantescos trípodes, en los que se introducen para sembrar la devastación y la muerte por medio de sus"rayos de fuego" y gases asfixiantes. Al carecer de aparato digestivo los marcianos se nutren inyectándose la sangre humana de sus víctimas. Su capacidad de destrucción es tan grande que en pocos días hay que evacuar la ciudad de Londres impulsando la huida de todos sus habitantes..."

Uno de estos hombres, ejemplo de serenidad y reflexión, es el narrador de la novela, un personaje cercano al autor cuya esposa ha logrado ponerse a salvo. Finalmente, después de grandes dosis de emoción y suspense, lo que no han podido lograr los cañones ni la artillería inglesa, lo consiguen las minúsculas bacterias humanas, que como recuerda el narrador, "son los miles de organismos que han hecho al hombre, porque el hombre no vive y muere en vano".

Como última explicación, se dice que "al alimentarse de sangre humana, los marcianos no tardan en perecer víctimas de la infección, al no tener (a diferencia de los hombres), defensas contra los microbios..."

Poco amigo de militares y de curas, H. G. Wells introduce en el libro dos personajes semi patéticos: el Vicario y el Artillero. El primero de ellos es un predicador desquiciado que se acobarda en los momentos decisivos y el segundo el típico militar de ideología fascista, que ahoga su incompetencia con vino y discursos.

Más centrado que ellos es el protagonista de la novela, el propio H. G. Wells, quien a pesar de los peligros que le acompañan en su odisea, mantiene la lucidez hasta el fin del relato: "De todos modos, esperemos o no nuevas invasiones, estos acontecimientos nos obligan a modificar grandemente nuestras miras sobre el porvenir de la Humanidad. Hemos aprendido a no considerar en lo sucesivo nuestro planeta como segura e inviolable morada del hombre, porque nunca sabremos prever que bienes o que males invisibles pueden sobrevenirnos del espacio..."

Recibida en su época como una crítica visceral del colonialismo, "La guerra de los mundos" ha ido reeditándose a lo largo del tiempo de manera ininterrumpida. En España apareció por primera vez en forma de folletín a comienzos del siglo XX, y entre sus traductores más ilustres destaca el periodista y diplomático Ramiro de Maeztu, uno de los ideólogos del fascismo español..

En 1938, el norteamericano Orson Welles, consiguió paralizar el país con la dramatización radiofónica de la novela, y lo que empezó como un simple divertimento estuvo a punto de provocar una catástrofe nacional, por el realismo de la emisión. El miedo a lo desconocido unido al poder de la radio, volvía a poner de manifiesto la tremenda fuerza del relato orwelliano.

Quince años después, más concretamente, en 1953, salió de los estudios de Hollywood la primera versión cinematográfica del libro, cuyos derechos habían cedido los herederos del autor, después de varios intentos fracasados, en manos de Cecil B. De Mille y Alfred Hitchcock.

Dirigida por Byron Haskin, la película de la Paramount, tiene como principal característica los excelentes trucajes de George Pal, uno de los magos del cine de efectos especiales, comparado por su maestría con el extraordinario Willis O´Brien, de la película "King Kong".

La guerra de los mundos (EE. UU. 2005. Director Steven Spielberg)

Como cada maestrillo tiene su librillo, a la hora de encararse con "La guerra de los mundos", el rey Midas de Hollywood, puso dos condiciones. Primero, contrató a uno de sus actores fetiches, Tom Cruise, protagonista también de su película "Minority Report", y después, aligeró el libro a su conveniencia, para que la adaptación cinematográfica jugara a su favor. De esta manera, donde antes aparecía un personaje casado, cercano al autor de la novela, ahora nos encontramos con un padre de familia, divorciado también, como los padres del propio realizador. Para dar más dramatismo al asunto, el bueno de Cruise, tiene que hacerse cargo el mismo día en el que se inicia la invasión marciana, de los dos hijos del matrimonio. Un muchacho rebelde de dieciséis años y una hermosa niña cercana a los diez.

Con estos mimbres y la traslación del relato de Wells a la América actual, el maestro del marketing Steven Spielberg, ha conseguido realizar un hermoso y apasionante film. Una película antológica de presupuesto millonario, en la que no sabemos que admirar más, si la puesta en escena o la compaña publicitaria que ha acompañado a la producción desde el inicio del rodaje.

Dicho lo que antecede, introduciré ahora la pregunta de los cien mil dólares: ¿Ha valido la pena tanto esfuerzo?.

Nada más fácil de responder: Este hombre, de trayectoria profesional impecable, respira cine por todos los poros, y cada una de sus aventuras cinematográficas es un regalo para los ojos, y un esplendoroso homenaje al Cine con mayúsculas. Desde las primeras escenas de la película, el espectador queda atrapado por la fuerza de las imágenes, en un "in crescendo" de sorpresas de auténtica antología.

Trenes incendiados que cruzan ante las masas atemorizadas. Cielos que parecen precipitarse sobre el planeta. Máquinas infernales derribando edificios como el que siega, y la mirada interminable de una niña sobrecogida por el espanto, que en este caso es la concesión de Spielberg al ternurismo más familiar.

Pero todavía hay más. Unas cierta filosofía de la supervivencia recuperada del texto original, que impacta desde el primer momento en la conciencia del público: "De noche veo como el polvo negro oscurece las calles silenciosas y reparo en que los cuerpos contorsionados que yacen bajo las mortajas, se yerguen a mi paso, harapientos, medio comidos por los perros, me injurian y se enfurecen, de segundo en segundo, se ponen más pálidos y feroces, hasta convertirse por último en disconformes gestos de humanidad; y entonces, me despierto en la tinieblas de la noche, helado, estremecido, fuera de mi..."

Los mismos contenidos filosóficos que, en mi modesta opinión se daban también en "La lista de Schlinder", posiblemente el mejor film del realizador norteamericano.

Por otra parte, y aunque yo soy poco receptivo al cine de efectos especiales, tengo que reconocer que el secreto que ha rodeado el rodaje hasta el día de su estreno, ha sido una excelente artimaña para despertar el interés del público, consciente del derroche de tecnología y de creatividad que requiere un film de estas características.

Clausurando el comentario, me gustaría decir que para la realización de la película, Steven Spielberg ha tenido muy presente, además de la novela de H. G. Wells, el guión radiofónico de "La guerra de los mundos", escrito por Orson Welles para la CBS norteamericana, el año 1938. A este manuscrito, adquirido por el director en una subasta, corresponden los siguientes párrafos: "Cuarenta casas arden ahora mismo bajo el "Rayo Verde" de los marcianos; el plomo se derrite como hielo, se ablanda el hierro, se casca y funde el vidrio... y el agua se evapora inmediatamente. Cerca de cuarenta personas yacen ahora bajo la luz de las estrellas, carbonizadas, desfiguradas, irreconocibles... La noticia de la matanza circula desde ayer por los pasillos de Washington. ¡La guerra ha comenzado...!"

Serie "Películas para leer" de Rai Ferrer.

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La guerra de los mundos