Jueves, 19 de octubre de 2017|

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En el aniversario de la muerte del príncipe anarquista

El ocho de febrero fue el aniversario noventa de la muerte de Piotr Kropotkin, el príncipe anarquista. Nacido bajo el sol de “Sagitarius” en 1842, era hijo del príncipe Alexei Kropotkin y de Yekaterina, hija ésta de un mariscal y de una, como ella, gran duquesa. Su familia paterna se remontaba al linaje de los Rurikovich. Riúrik (del nórdico del este RØrik) había sido un caudillo varego que, procedente de la actual Finlandia, logró el control del Ladoga, levantó la ciudad de Holmgard, cerca de Nóvgorod, y fundó una dinastía que reinó en la Rus de Kiev y en Moscovia desde el año 862 hasta el siglo XVI. Los Kropotkin eran propietarios de grandes extensiones en tres provincias de Rusia y contaban con más de mil doscientos siervos, lo que da una idea de su posición, puesto que, por ejemplo, el “zar” contaba con unos dos mil. Estamos hablando de la segunda familia en importancia de la “santa” Rusia. Incluso en la película “Anastasia”, de la factoría de Walt Disney, a la niña que quieren hacer pasar por hija de Nicolás II, cuando le repasan la lista de la grandeza, le insisten en que recuerde, sobre todo, a los Kropotkin.

Nicolás I, su tío, lo hizo ingresar en el Cuerpo de Pajes, la academia militar más selecta de Rusia, ubicada en San Petersburgo, cuando contaba con tan sólo doce años. Esta academia era el vivero donde se formaban los asesores y funcionarios de la élite imperial, así como los futuros mariscales del ejército. El joven Kropotkin siempre detestó la disciplina militar pero aprovechó la circunstancia de que –contradicciones de las clases altas de la época- recibió una intensiva educación racionalista y liberal, muy afrancesada (el francés era la lengua utilizada en la academia), y, además, con un potente énfasis en las ciencias naturales.

Muy pronto se convirtió en un estricto darwinista, estudiando el mundo que lo rodeaba conforme a los principios del autor de “El origen de las especies”, a quien admiraba. Sobre la base de esta formación científica, Kropotkin romperá con la dialéctica de Marx y Engels e incluso con algunas de las concepciones de Bakunin, quien había formado parte de la izquierda hegeliana, habiendo sido discípulo del mismo Hegel, como también lo había sido Feuerbach. Curiosamente, Marx, el hegeliano materialista por excelencia, nunca había tratado a Hegel. En cierto modo, al igual que Marx usó en su momento el instrumental metodológico del pensamiento económico liberal, Kropotkin tomó el modelo científico de la ecología para fundamentar sus planteamientos.

Haeckel, el padre de la ecología, ya era un científico reconocido y el joven príncipe ruso siguió sus pasos. Con estas bases científicas, Kropotkin considera a nuestra especie como parte integrante de la naturaleza y a las actividades de la misma como funciones naturales. Por eso cree que la sociedad ha de ser estudiada conforme al método inductivo-deductivo de las ciencias naturales y no conforme al método abstracto-deductivo de los economistas liberales, el marxismo y el propio anarquismo bakuniniano. De hecho, habla de la dialéctica marxista como de “encopetada metafísica”.

En este punto hay que recordar un suceso que significó mucho en la deriva ideológica de un ya maduro Kropotkin. Durante la gran guerra, la primera mundial, él y su maestro Haeckel se iban a enfrentar con dureza. Haeckel encabezó un manifiesto a favor del “káiser” y Kropotkin encabezó otro en defensa de la república francesa. Él no creía que la solución fuera la bakuninista, la de la huelga revolucionaria contra la guerra. Él pensaba que los obreros debían aprovechar las libertades republicanas y defender a Francia, cuna de los derechos del ciudadano. Y es que con Kropotkin nace también el anarquismo que sabe ser pragmático cuando la circunstancia lo requiere.

Cuando acabó su formación científica y militar, Kropotkin, en vez de quedarse paseando el sable por los salones de Moscú y San Petersburgo, decidió incorporarse a la expedición militar que iba a reafirmar la ocupación de Siberia y Manchuria. Y aquí se inició su gran transformación. Aquel joven príncipe, instruido y con buena formación filosófica, desde luego, pero seguramente aún un tanto frívolo, en vez de unirse a la tropa lo hizo a la misión científica que la acompañaba. Estamos en un tiempo en el que eso era muy habitual. El ejército colonizaba una región y los científicos estudiaban aquello que encontraban. Es un modelo muy británico –la literatura y el cine están llenos de ejemplos-, pero también encontramos interesantísimas aportaciones científicas en expediciones francesas y españolas. Por ejemplo, es un lujo hojear el libro de la expedición botánica ordenada por Isabel II de España en el cono sur americano y titulado “Por la ciencia y la gloria nacional”. Es una de las pequeñas joyas que guardo en mi biblioteca.

No llegó a Manchuria y se quedó en Siberia. Allí conoció de primera mano la miseria de los campesinos más pobres del imperio ruso. Allí comprendió lo que era un invierno para quienes no vivían en un palacio. Pero, además, se puso a estudiar la durísima naturaleza de aquellas latitudes. Kropotkin, darwinista ortodoxo, aplicó la metodología ecológica con una radicalidad envidiable. Y, ¿qué sucedió?: pues que llegó a la conclusión contraria de la de Darwin. Kropotkin descubre que es la cooperación y no la competencia lo que permite la supervivencia. Sobre estas investigaciones escribe su primer gran libro, “El apoyo mutuo”. Mi abuelo, Manolo Infante, me lo regaló cuando cumplí quince años. Se trataba de un libro prohibido por el gobierno franquista y estaba editado en Toulouse por Tierra y Libertad, la editorial de los anarquistas exiliados. Aquel libro dejó en mí una huella imborrable. Lo conservo como oro en paño.

El caso es que ambos científicos tenían razón. Darwin investigó en el trópico y en regiones subtropicales, donde el ambiente es generoso en nutrientes, cálido en temperatura y rico en agua. Las especies encuentran pocos límites externos y, entonces, tienden a crecer. Pero nada puede crecer infinitamente en un entorno finito y, entonces, han de competir para sobrevivir. Por el contrario, Kropotkin estudió ecosistemas donde los factores ambientales son muy limitantes. Entonces, bajo esas condiciones, la cooperación es la garantía para sobrevivir. Por eso se produce la simbiosis de un alga y un hongo, para constituir un liquen, formación típica de las estepas boreales. El alga realiza la función clorofílica que permite una muy pobre insolación y el hongo aprovecha los nutrientes de una tierra también muy pobre.

Kropotkin se percató de que toda la teoría competitiva se basaba en Darwin de forma errónea, ya que si éste hubiera estudiado en Siberia y no en los trópicos nunca hubiera escrito lo que escribió sino lo contrario. Además, Kropotkin sabía que Darwin había viajado con los libros de Malthus en el equipaje y que estaba muy influido por el clérigo economista, un “clérigo sombrío” a decir de muchos. La mayor parte de la gente cree que Malthus bebió de Darwin pero es al revés. Cuando Darwin se hizo las preguntas ya conocía algunas de las respuestas de Malthus. Aquí se cumple eso que decía Keynes de que los hombres prácticos son, a veces sin saberlo, esclavos de economistas muertos.

A partir de este momento Kropotkin comienza su crítica del capitalismo. Pensaba que si el hombre, que no es más que una especie de mamífero, tiene las dos tendencias, la cooperativa y la competitiva, no hay razón alguna para afirmar que el capitalismo, netamente competitivo, sea un orden natural. Kropotkin se dio cuenta de que la preponderancia del rasgo competitivo es educacional, pero que, de un modo también educacional, se podría reforzar el rasgo solidario. Por eso es tan importante para los anarquistas la pedagogía. Y ahí nació el comunismo ácrata del príncipe. Ya siempre va a afirmar que el apoyo mutuo es el elemento primordial de la evolución. Dicho de otro modo, para él la cooperación es un factor evolutivo más importante que la lucha.

Una vez convertido al anarquismo hubo de exiliarse y marchó a Francia. Era un gran admirador de la revolución y de la república, materias que había estudiado en profundidad durante su estancia en la academia militar. Tuvo épocas en las que lo perseguían las policías y anduvo saltando de frontera en frontera, pero tuvo otras de tranquilidad. Vivió austeramente pero sin demasiadas estrecheces económicas. Hay autores que sospechan que su hermana pequeña, la condesa Olga, esposa de uno de los principales mariscales de Rusia, lo ayudó siempre, vendiendo incluso sus propias joyas para prestarle socorro. Y, desde luego, vivió con mayor tranquilidad que su compatriota Bakunin, siempre del pupitre a la barricada. Por otra parte, su carácter no era tan belicoso como el de otros ácratas del momento, aunque no dejó de participar en algunos episodios violentos. También en su exilio francés ingresó en la masonería, tal y como habían hecho otros teóricos anarquistas como Pierre Joseph Proudhon, Anselmo Lorenzo o el mismo Mikhail Bakunin, y como harían otros posteriormente, como Abad de Santillán, Francisco Ferrer, Federico Urales, Eleuterio Quintanilla o Juan García Oliver.

Desde un punto de vista científico, todo en Kropotkin se desarrolla de un modo sencillo, muy natural. Conforme a la metodología ecológica sentó los principales fundamentos ético-políticos de la teoría básica del anarquismo, como el de “autonomía local descentralizada” y el de “grupo social reducido” o “grupo a escala humana”. Kropotkin preconiza una sociedad descentralizada basada en la integración de agricultura e industria y de las vidas urbana y rural, enfatizando la autosuficiencia de la comuna local.

Desde todos los puntos de vista, su ideología es diametralmente opuesta a la marxista, e incluso a la de Bakunin, aunque éste siempre aparece entre sus principales referentes. Sin embargo, en algunas de sus primeras obras hay un cierto economicismo, muy en la onda marxiana. En su quizás obra más perfecta, “La gran revolución”, que habla de la revolución francesa, llega a decir que la lucha económica, por sí sola, podría derribar el poder político. Es verdad que dice que esto sólo sucede en estados que marchan hacia la decadencia, pero, en fin, que eso está ahí. Un gran teórico anarquista italiano –también un gran activista-, Errico Malatesta, llega a despreciar a Kropotkin porque considera que tiene una concepción mecánica del universo y un gran fatalismo histórico. Yo creo que Malatesta no tiene razón, pero es un diagnóstico a tener en cuenta.

Para Kropotkin la economía es una pseudociencia creada por la burguesía. Para él no tiene sentido el estudio de cómo satisfacer necesidades, que es la función de la teoría económica. Kropotkin, muy aristotélico y en línea con Espinosa, cree que lo primero es saber qué es lo “necesario”, qué es la “necesidad”. Es un autor con una lógica aplastante. Por eso cree que la ciencia económica ha de construirse de un modo diferente a como plantean la escuela clásica y los marxistas. Y critica la división del trabajo, defendiendo el placer de quien trabaja sabiendo lo que hace. Aquí sigue muy de cerca a Proudhon e incluso a un economista francés actualmente muy olvidado como es Say.

En su mejor obra económica, “Campos, fábricas y talleres”, y también en “El apoyo mutuo” y en “La conquista del pan”, habla con un cierto tinte bucólico del agricultor tradicional y del artesano medieval. Es un autor “tradicionalista”, al par que revolucionario, porque es un autor moderno, del día de hoy. Si hay un teórico socialista clásico de total actualidad, ese es Kropotkin. Lo iremos viendo poco a poco. Kropotkin es el teórico revolucionario que renace constantemente. Kropotkin ha sido enterrado docenas de veces desde hace un siglo y cuando un autor es constantemente enterrado ello significa que sigue vivo. Yo soy testigo de ello curso tras curso. Siendo como soy el único profesor de mi facultad que explica la teoría kropotkiniana, observo que raro es el año que dos o tres estudiantes no acuden a mi despacho para interesarse por su obra y para pedirme más información. En la actualidad, por fin, una brillantísima alumna se ha planteado realizar, bajo mi dirección, su tesis doctoral sobre las ideas económicas de Kropotkin.

Es, repito, un autor tremendamente actual. Por ejemplo, él no considera la sociedad socialista como un paraíso de los consumidores o como una dictadura de los trabajadores industriales. Él sólo entiende el socialismo como una comunidad humana en la que no existe diferencia entre productores y consumidores, ni entre trabajadores manuales e intelectuales, ni entre gobernantes y gobernados.

Pero es que podemos ir más allá. Kropotkin afirmó que la ductilidad y la adaptabilidad de las comunicaciones y de la energía eléctrica y la agricultura “biodinámica” –hoy diríamos “ecológica”- harían posible un desarrollo urbano más descentralizado, una integración campo-ciudad y un mayor contacto entre los ciudadanos. También se dio cuenta de la enorme potencialidad de las mallas de transporte y de las redes eléctricas. Con todo esto comprendió que era posible que las comunidades pequeñas podrían estar en igualdad de condiciones que las congestionadas metrópolis. A este respecto, pienso en el príncipe cuando escribo estas líneas, porque lo hago en una aldea de Asturias de tan solo veinte habitantes, en lo alto de un valle que alberga a unos trescientos. Pero estoy conectado a las mismas redes que una persona en Londres o que otra en Hong Kong. Kropotkin lo vio muy claramente, pero lo hizo a finales del siglo XIX o principios del XX. Es un hombre de nuestra época. Hasta diseñó una ciudad-jardín que fue retomada por los arquitectos más vanguardistas unas décadas después. Y es que, como moderno que era, era un renacentista.

En 1878 contrajo matrimonio con Sofia Ananiev, una joven rusa emigrada en Francia y que pertenecía a lo que hoy llamaríamos “clase media”. Con ella tuvo una hija, su única hija, Alejandra (Sacha) –nombre dado en recuerdo de un hermano muerto en plena juventud-, nacida en abril de 1887. Fue, como vemos, un padre tardío.

Una cuestión importante, especialmente vista desde el presente, es que Kropotkin discutía sobre los acontecimientos del día a día con su mujer, a la que también leía sus textos y cuyas opiniones tenía muy en cuenta. También en esto se distanció de Marx, quien había sido un marido despóticu –además de un adúltero compulsivo- y un padre tiránico e insensible. Sofía, de una cultura sobresaliente por más que muy inferior a la de su esposo, ejercía una severa crítica sobre lo que éste escribía, particularmente desde el punto de vista literario. Son varios los estudiosos que afirman que la pulcritud estilística del príncipe se debe, en buena medida, a su mujer. Es más, Sofía Ananiev le sustituyó muchas veces como conferenciante, dejando bien alto el pabellón intelectual anarquista.

Las ideas de Kropotkin no fraguaron demasiado en el anarquismo de su época, exceptuando en Inglaterra y en países latinoamericanos como Uruguay. En España, donde la CNT anarcosindicalista llegó a contar con dos millones de afiliados durante la segunda república, fueron minoritarios los kropotkinianos. Las discusiones acerca de cómo organizar una sociedad libertaria fueron muy intensas. Algún kropotkiniano hubo, pero fueron pocos. En el anarquismo mediterráneo pesó mucho más la línea de Bakunin, muy reformulada por Malatesta en Italia y por los intelectuales de la FAI en España. Y cuando hablo de anarquismo “mediterráneo” intento expresarme con enorme exactitud. En la CNT y la FAI el enfoque kropotkiniano fue importante en Asturias y en Galicia, con los Mella, Quintanilla, González Mallada, Martínez y otros. Por el contrario, en Cataluña y Andalucía fue la línea bakuninista la preponderante. Los anarquistas catalanes y andaluces consideraban “moderados” a los gallegos y a los asturianos. Tal vez lo fueran pero lo cierto es que sólo la CNT de Asturias se lanzó a la revolución en 1934 con las armas en la mano. Por lo que respecta a los gallegos, su peso numérico era insignificante. El resto de las federaciones de la CNT se quedó en casa. Como se ve, hay muchas paradojas en la historia del anarquismo.

Así las cosas, el enfrentamiento entre Puente y Urales, por un lado, más en la ortodoxia bakuninista de Malatesta, y Abad de Santillán, más en el pragmatismo de Kropotkin, fue muy duro en los congresos de la CNT de 1931 y de 1936. En este último los faístas catalanes, arropados por los madrileños, los extremeños, los andaluces y los aragoneses, imponen su criterio. El planteamiento de Abad, defendido por los asturianos, con el apoyo de los gallegos y también de los pocos leoneses, castellanos y vascos presentes, es derrotado. A partir de este congreso, celebrado en Zaragoza, el anarquismo español acaba aceptando que cualquier planificación económica es algo contrario al ideario mismo. Sin embargo, en la práctica, las tesis de Abad de Santillán, herederas de Kropotkin, triunfaron en las colectividades agrarias e industriales. Pasó en Cataluña, en Aragón y en La Mancha. Es más, algunos miembros de la CNT y de la misma FAI fueron ministros en el gobierno de Largo Caballero. De nuevo el pragmatismo anarquista. Todo está reflejado muy bien en un libro que Abad de Santillán escribió mucho después, ya casi anciano, y que se titula “El organismo económico de la revolución”.

Quizás para su desgracia, Kropotkin llegó a conocer el modelo soviético. El viejo revolucionario sufrió mucho viendo aquello. Él, como todos los anarquistas, se sumó entusiasmado a la revolución de octubre y, pese a su avanzada edad, se presentó en Moscú. Pero, al poco, los bolcheviques se impusieron con unos métodos militaristas y policíacos, métodos que no abandonarían hasta el final de su dictadura, ya en los noventa. Miles de anarquistas son asesinados o encarcelados. Kropotkin se salva. Para Lenin el viejo intelectual es el icono vivo de la teoría revolucionaria.

En 1919 Kropotkin escribe una carta a Lenin donde le censura que los “soviet” son simples estructuras burocráticas, donde afirma que el modelo es un mero capitalismo de estado y donde se queja del sistema policial que está montando Trotsky. A resultas de esto se ve obligado a abandonar Moscú y es confinado en una “dacha” en el campo donde, tras pasar muchas penurias y vejaciones, tanto él como su mujer, muere dos años más tarde. Era la madrugada del ocho de febrero de 1921. Nada más conocerse el deceso, cientos de obreros, estudiantes, campesinos, funcionarios y soldados estaban pasando por la pequeña vivienda rural donde reposaba el cadáver del príncipe.

Lenin y su gobierno propusieron realizar un funeral oficial y enterrarlo en un panteón estatal construido expresamente. Seguía siendo el icono de un tiempo primordial. Pero su mujer y sus amigos se niegan y les dicen a los bolcheviques algo así como que “al gran teórico del anarquismo no se le puede enterrar en un panteón del estado comunista”. Los grupos anarquistas aún legales formaron una comisión fúnebre para organizar la ceremonia, una ceremonia que resultaba muy incómoda para los bolcheviques. Entre los organizadores destacaban los intelectuales Alexander Berkman y Emma Goldman, además de Sacha Kropotkin, la princesa, la hija del viejo revolucionario. Las autoridades moscovitas permitieron sólamente editar un par de folletos en memoria del muerto, previa censura, pero los anarquistas consiguieron reabrir una imprenta clausurada por la Cheka y lanzaron miles de panfletos no censurados.

El día del entierro las escuelas cerraron en señal de duelo y los niños arrojaban ramas de pino y flores al paso del carretón de artillería que transportaba el cuerpo de Kropotkin. El ataúd fue llevado a la estación y de allí a Moscú en ferrocarril. Una multitud recibió el féretro bajo una nevada impresionante y lo acompañó hasta el Palacio del Trabajo. Miles de moscovitas siguieron la comitiva e incluso un miembro de la Joven Guardia Roja, venciendo el miedo y las presiones, caminaba, fusil al hombro y estrella de cinco puntas en el gorro, con su mano derecha sobre el féretro del príncipe. Cuando el cadáver pasó bajo los muros de la cárcel donde se hacinaban los revolucionarios no obedientes al nuevo “zar rojo”, éstos sacaron los puños entre los barrotes y entonaron el himno “Memoriam aeterna”, en latín. Los anarquistas que aún tenían un cierto peso en el organigrama revolucionario –serían asesinados casi todos un poco después- presionaron al gobierno para que se liberase provisionalmente a sus compañeros encarcelados para que pudieran acudir al entierro. El bolchevique Kamenev –fusilado un tiempo después por orden de Stalin- lo hizo a cambio de que la ceremonia no fuera una manifestación contra el gobierno y de que se comprometieran a regresar a las cárceles. Contra todo pronóstico, los anarquistas cumplieron con las dos exigencias. Pero es que los comunistas sólo permitieron acudir al sepelio a siete de ellos, entre los cuales se encontraban Aarón Baron y Gregori Maximov.

El caso es que a Piotr Alekséyevich Kropotkin, el príncipe anarquista, le dieron sepultura con sus antepasados, concretamente al lado de su madre, la gran duquesa Yekaterina. Estamos ante otra paradoja. Kropotkin yace –tuve la suerte de visitar su sepulcro y elevar una oración masónica en honor a su vida y a su obra- en la cripta del monasterio de Novodevichie, bajo las cruces ortodoxas y las águilas y coronas imperiales. De todos modos, creo yo, se encontrará más cómodo en un templo cristiano de lo que se encontraría en un panteón leninista.

La figura de Kropotkin es prometeica. Tiene todos esos componentes que a uno le gustaría tener: una moral formidable, tesón, capacidad intelectual, firmeza política, debilidades muchas veces. Y algo muy importante: supo enfrentarse a sus propias contradicciones. Un hombre de la más alta familia rusa pone todo su esfuerzo y toda su inteligencia a favor de los desposeídos, del proletariado y del campesinado. Se trata de un autor muy complejo. Pero, esforzándonos un poco, si consideramos la obra completa de Kropotkin –que me precio en conocer-, ésta se puede articular en tres momentos. En primer lugar en la ciencia o, mejor dicho, en la cosmovisión derivada del estudio de las ciencias naturales. En segundo lugar, en la ética, basada en esa cosmovisión. Y, por último, en el comunismo anarquista, presentado como una consecuencia ética y que, a través de ella, vendría también fundamentado sobre los resultados de la ciencia.

Para terminar, recojo una frase de “Campos, fábricas y talleres”, una frase en la que se condensa cómo pensaba este científico darwinista y pensador incómodo: “nosotros, hombres civilizados, lo sabemos todo, de todo tenemos opiniones formadas, en todo nos interesamos; lo que únicamente no sabemos es de dónde viene el pan que comemos”.

El ocho de febrero miremos a los montes, al horizonte marino o, más sencillamente, al humo que sale del tejado de la casa de enfrente o al hórreo más cercano. Oigamos al lobo aullar, contemplemos al campesino mirando su huerta bajo la nieve o al obrero entrando en la fábrica. Escuchemos también al profesor subido en la tarima. A poco que seamos sensibles veremos sobrevolar sobre todos ellos al príncipe Kropotkin, al príncipe anarquista, al señor de la tierra que nació con cientos de siervos y que supo ver más allá de su mundo y entender a los obreros y a los campesinos. Y no sólo entenderlos, sino sentir y sufrir con ellos. Y combatir con ellos, sangrar con ellos, hasta ser uno de ellos. Miremos al aristócrata que extendió su vista, simplemente, “más allá”. Miremos, por fin, al gran revolucionario que fue: el más grande ideólogo del comunismo libertario, uno de los principales defensores de eso tan indefinible pero tan perceptible que llamamos “libertad”.


David M. Rivas