Domingo, 20 de agosto de 2017|

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El arte de la mentira política

Desde hace muchos años, escritores con sentido del humor y capacidad de acerada observación escriben libros en los que elevan a categoría de arte los más dispares temas. Thomas Quincey (1785-1859) publicó un estupendo libro titulado “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”, o Pierre-Thomas-Nicolas Hurtau, en 1751, sacó al viento y a la luz su ensayo físico-teórico y metódico “El arte de tirarse pedos”, libro escatológico, bien editado y agudamente ilustrado, en el que se trata desde los orígenes del pedo, sus diferencias con el eructo y una clasificación exhaustiva del pedo como arte. También se montó a principios de este siglo una exposición anunciada con esta paradoja: “Todo arte es una mierda, toda la mierda es arte”.

¿Todo puede ser arte? ¿Hasta el arte de mentir? Según Jonathan Swift, el inolvidable escritor irlandés de los viajes de Gulliver a Liliput, Brodingnar, Laguna y Pa-Houyhnhn, en cuyo recorrido se ríe de los viajes y de los personajes habitantes por los países que recorre, de sus costumbres, mentiras y disimulos. Swift ha sido considerado el escritor satírico más importante de la literatura inglesa. Gulliver, al terminar su viaje a Liliput, afirma: “Estaba yo resuelto a no volver a confiar en príncipes o ministros, siempre que pudiera evitarlo”. Esta frase parece el pórtico de su opúsculo “El arte de la mentira política”. ¿Conviene engañar al pueblo por su propio bien? Swift, según la mítica de su época, pensaba que el Diablo era el Príncipe de la Mentira, pero como pensador alejado de la doxa, o el pensamiento vulgar, estaba convencido que el Diablo era un aprendiz de mentiroso comparado con los políticos de su época, que estaban seguros de que “el pueblo no tiene ningún derecho a la verdad política”, como tampoco debería poseer bienes, tierras o castillos. La verdad política debe seguir siendo, como esos otros patrimonios, una propiedad privada y, por tanto, eran los dueños del poder quienes decidían cuándo podían decir la verdad o cuándo callarla o disfrazarla. La masa es crédula, miente, y puede ser engañada. Todo el mundo miente, los ministros engañan al pueblo para gobernarlo y éste, para librarse de aquellos, hace circular chismes calumniosos, rumores, exageraciones y secretos de alcoba.

Un comentarista de los panfletos egregios de Swift dice: “¿Conserva este antiguo arte de la mentira política su permanencia? Sí, sin ninguna duda. Su evidente actualidad permite suponer que existe una gran estabilidad de los usos políticos. La mentira de la actualidad se parece curiosamente a la del pasado. El panfleto describe, en definitiva, lo que no era sino una fase artesanal del disimulo: rumores, chismes, usos verbales, una acumulación y distribución primitiva de ruidos falaces, un entramado premoderno de la calumnia. La mentira es hoy electrónica, instantánea, global, el producto de una organización racional y de una rigurosa división del trabajo. Queda claro que el imaginativo y sarcástico Swift se queda muy lejos del Ministerio de la Verdad diseñado por Orwell, que se dedicó a fabricar mentiras: “Aldeas indefensas sufren bombardeos aéreos, sus habitantes dispersos por los campos, el ganador ametrallado, las chozas arrasadas por las bombas incendiarias: esto se llama pacificación. Arrebatadas sus granjas, millones de campesinos son arrojados a los caminos llevándose sólo lo que puedan cargar, a eso se llama traslado de poblaciones o rectificaciones de fronteras. Se encarcelan personas durante años sin juicio, o se dispara en la nuca, o se les envía a morir en los campos de trabajo del Ártico: esto se llama eliminación de elementos sospechosos”.

Pisamos un tiempo y un espacio que es el siglo de oro de la mentira política. Claro que conviven con buena salud la mentira totalitaria y la mentira democrática.

Maquiavelo grita a nuestro odio: “Los hombres son tan simples y se sujetan a la necesidad en tanto grado, que el que engaña con arte halla siempre gente que se deja engañar…”

Si el mentir es una ciencia que progresa, envíanos todas tus hipótesis, síntesis y conclusiones. Si la mentira es un arte, vamos a la plaza y expongamos nuestras obras de arte o artificio.

Los habitantes de Liliput te esperan…

Arturo González