Jueves, 19 de octubre de 2017|

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De feminicidios y construcciones de la mujer

De feminicidios y construcciones de la mujer

Acaba de ser publicado Feminicidio y autoconstrucción de la mujer[1], de Félix Rodrigo Mora y Prado Esteban. Sus figuras son controvertidas y han proliferado críticas a su discurso. En general, estas críticas publicadas no han ido destinadas a profundizar en él; hay motivos para no hacerlo. Tampoco es esa mi intención, puesto que la envergadura de la obra de Félix y Prado lo dice todo de sí misma. Aunque inevitablemente haya referencias y explicaciones, el propósito de estas líneas no es en absoluto el de analizar exhaustivamente el libro ni desde luego a sus autores, sino el de reflexionar sobre el hecho de que los discursos sobre o casi a favor del patriarcado de esta línea (de la cual ellos no son los únicos representantes) estén encontrando un espacio, aunque afortunadamente discutido, en nuestros medios. Y me parece importante abordar este tema porque, pienso, en el tema «feminicida» (así como también en otros de los que haría falta ocuparse aparte, por ejemplo, el racismo o la homosexualidad), concurren factores específicos que merecen un pensamiento más profundo, y para nada centrado en Félix, su credibilidad o sus opiniones en otros temas.

Merece atención el espacio que se le da a esta demonización del «feminismo» como «religión política» y demás argumentaciones precisamente en medios que han sido muy selectivos con todo lo que se publica. Desde luego no vamos a cuestionar la crítica del izquierdismo, las constricciones del estado del bienestar, etc., que son muy necesarias, pero precisamente por ello hay que afinar el tipo de críticas que elaboramos, las propuestas que creemos alternativas, y los discursos que son una verdadera opción, por lo que probablemente la cuestión que aquí importa no será la constituida por las opiniones más aberrantes y exageradas sobre la maldad del feminismo como agente de dominación y sobre el Estado como ente homosexualizador que nos prodigan discursos como los publicados en este libro, sino la constituida por otros aspectos del contexto en que aquellas se reciben y las adhesiones que despiertan.

Para empezar, nos encontramos ante un ataque en bloque al feminismo entendido como un ente extraño donde según cuándo pueden entrar desde Mujeres Libres al Ministerio de Defensa o la policía, ataque que considera feminista a cualquier ente estatal o capitalista supuestamente favorecedor de las mujeres. Aparte de alguna vaga llamada de Félix a «construir otro feminismo» basándose en su libro y en todo caso, de una llamada a «luchar contra las instituciones» –cosa que cualquier colectivo de nuestro entorno hace–, parece que eso de la lucha contra los roles sociales impuestos sea un invento del capitalismo, por otra parte casi el único responsable de los malvados deseos de emancipación femenina formulados a lo largo de la historia. Se cuestiona constantemente la idea de que el sexismo sea anterior al Estado o al capitalismo o de que pueda existir fuera de él; se pretende mostrar que los varones perseguidos no gozan de la vida sexual que quisieran porque las feministas incitan el odio a los hombres, y del mismo modo son tratados problemas semejantes y la violencia contra las mujeres, parece ser que generada no por el patriarcado –esa sola idea ya basta para ser acusado de feminicida– sino por el propio feminismo en combinación con la «naturaleza humana». Y a partir de ahí Félix y Prado insisten una vez y otra en cómo se reprime la verdadera esencia maternal de las mujeres, en los horrores de las mujeres que no son madres por culpa del feminismo o que son madres del modo equivocado, es decir, madres sin pareja, o bueno, madre/mujer que no siga los mandamientos de su apostolado online.

Dicho así su análisis parece risible y susceptible sólo de ser consumido por el flipado de turno, pero estos discursos se están difundiendo en nuestros espacios. Y versiones «light» o emparentadas con ellos son el pan de cada día, no sólo servido en el bar de la esquina. No estaría mal, a mi parecer, detenerse un poco para preguntarse qué nos está pasando y si el discurso de la autoconstrucción es cosa sólo de cuatro excéntricos.

De entrada, algo que no suena tan nuevo es que para volver aceptable la demonización de cualquier tipo de resistencia antipatriarcal con la excusa de «feminismo de Estado» se recurra a una especie de «feminismo» abstracto en función del cual casi cualquier voz discordante con los roles patriarcales (sea femenina o masculina) puede ser desautorizada. Evidentemente no alude a los discursos feministas o antipatriarcales reales, especialmente aquellos elaborados en espacios antiautoritarios, puesto que si lo hiciera invalidaría sus argumentos. Sobre todo, porque los pocos que son razonables parten de retorcer ideas que se habían expresado adecuadamente antes desde espacios realmente antisexistas. Ese proceso cercano a la crítica abstracta y jamás concretada de ciertos discursos conservadores de cualquier antisexismo, disfrazada de apuesta por «otra lucha» de las mujeres; por ejemplo, los discursos de los inquietantes movimientos feministas católicos. Se puede objetar que no es esa la intención de Félix y Prado, pero resulta que a pesar su gran esfuerzo productivo, no concretan en absoluto la tarea de las mujeres en lo que llaman «revolución integral», aparte de la lectura del susodicho libro.

¿Se aceptaría ese «desconocimiento» de las luchas fuera o contra las instituciones en otros temas, como las resistencias antinucleares? Difícilmente. Resulta contradictorio criticar el feminismo institucional y a la vez tomarlo como medida –de forma muy confusa, además–, o aún peor, reducirlo simplemente a lo que los medios de masas o análisis sociológicos más acríticos denominan «liberación de la mujer». Hay que reducir el feminismo a lo más acrítico para considerar que «feminista» es quien considera una victoria que cualquier mujer acceda al poder. O darle un giro casi surrealista para afirmar que el poder pretende volver lesbianas a todas las mujeres. Sin embargo, con esa excusa también se atacan otros discursos bien alejados de las instituciones que parecerían ser el único problema de las mujeres. Como por ejemplo las demoledoras opiniones de Prado contra la denuncia de agresiones sexistas en la acampada Sol, que llevarían a cuestionar prácticamente la autodefensa ante estas agresiones. O (bien reveladoras) las que expresa precisamente contra el comando de cuidados que hace un llamamiento a reconocer las tareas reproductoras y que plantea como objetivo acabar con los mercados y poner la vida en el centro, no pedir subvenciones. Por más que todo se disfrace de lógico cuestionamiento de lo institucional, al final nos encontramos con una mezcla de ataques contra cualquier espacio político que cuestione el patriarcado y contra la actitud y comportamiento social de «las mujeres», en una extraña construcción del sujeto político. Y aquí ya se transitan terrenos muy poco novedosos.

Y es que no dejamos de haber crecido en un patriarcado de doble moral que coloca a las mujeres en centro de exigencias contradictorias: hay que adaptarse a determinadas imposiciones y códigos de conducta, no ya para triunfar sino para sobrevivir, pero los mismos comportamientos en las mujeres son juzgados con mayor dureza. Por supuesto, también sufren igual tratamiento los hombres de cualquier orientación sexual que no encajen con el rol dominante. Esta sobreexigencia a la vez que se obvian los procesos específicos de dominación marcha por el camino de siempre.

Y hablando de contextos, también habría que tener en cuenta que no es tan rara en nuestros medios la contradicción en las quejas que surgen cuando se plantea la necesidad de luchas antipatriarcales: por un lado pueden llover las críticas a que un acto se plantee desde o para mujeres, pero subrayar la necesidad de que hombres y mujeres se impliquen indistintamente tampoco parece la solución ideal, puesto que hay muchas posibilidades de que la cosa acabe quedando como un tema «de chicas» o aparezcan resistencias a la «exigencia excesiva a los hombres»… Sobre los espacios políticamente más amplios planea la sombra del reformismo, sobre los más específicos y radicales, la de la agresividad y la provocación… Críticas que para nada deseo invalidar, pero creo que no está de más pensar un poco qué nos sucede. Tampoco son nuevas, por mucho que esporádicamente se objete que hubo otros discursos de mujeres como los del movimiento libertario clásico. Más que nada porque esos discursos recibieron críticas similares.

El tema de la victimización en los discursos feministas es candente y ha merecido buenas reflexiones[2] , pero parece que ante el discurso de Félix y Prado nos encontramos con una extraña vuelta de tuerca. Si realmente no se victimiza a las mujeres, ¿por qué debería dedicarse tanto tiempo y espacio a discutir sobre mujeres ministras de defensa o policías? ¿La cuestión no sería acabar con los ejércitos?

Parecería que reconocer una situación de opresión hacia determinados grupos sociales implica la exigencia de que «hagan la revolución» so pena de considerarlos «traidores a esa revolución» en bloque. La verdad es que cualquiera que ahora mismo en nuestros espacios planteara una culpabilización global de los varones en términos la mitad de duros que Félix y Prado hacen de las mujeres y «los negros» (sic.) se llevaría una respuesta probablemente mucho más dura. Ese reduccionismo al tratar el tema del acceso de algunas mujeres al poder llevaría a preguntarse, si no se sigue el machacón esquema oficial de que «hasta el siglo xx no hubo mujeres con poder», y si deja de plantearse que Isabel la Católica fuera una feminista de ésas. De cualquier modo, si se pretende salir de la espiral victimizadora es necesario dejar de lado tajantemente ese tipo de simplificaciones, y ver cómo se construye socialmente el papel de las mujeres en las sociedades anteriores a la contemporánea.

Una idea demasiado extendida entre hombres y mujeres, que forma parte del discurso del sistema y de la historia que nos ha sido contada, es que el lugar de las mujeres en las sociedades occidentales era exclusivamente el del cuidado, y que si eso ha cambiado ha sido por la lucha feminista, por el trabajo asalariado en el capitalismo o por una mezcla de ambos factores. Eso no es en absoluto cierto, en todas las sociedades las mujeres han cuidado «y» trabajado productivamente. También se produce a menudo una cierta confusión entre la explotación y el trabajo reconocido fuera del hogar: por ejemplo, se suele tener muy asumido que durante el franquismo las madres de familia «no trabajaban», cuando la realidad es que muchísimas lo hacían, pero no reconocidamente, y con muchísimas menos garantías. Coser en casa no deja de ser trabajo. Dicho sea todo esto al margen de la cuestión del reconocimiento del trabajo del cuidado. Por otra parte, no se puede obviar, precisamente si queremos recuperar la historia colectiva y los saberes que nos han arrebatado, que la dominación basada en los roles de género no empieza con los estados modernos ni con el capitalismo, y que la obligación de asumir los cuidados en exclusiva nace de una opresión y no de ninguna cualidad natural.

En cualquier caso, es interesante observar qué núcleos de la cosmovisión patriarcal tocan este «feminicidio»y qué reacciones emocionales suscita éste, porque va directamente al grano: «la destrucción de la esencia concreta humana en la mujer». Esa esencia femenina es probablemente uno de los puntos centrales del patriarcado de la modernidad, y no es patrimonio de los discursos más reaccionarios.

Esa «esencia concreta», normalmente asociada a la capacidad de ser madre que para algunos parece definir a las mujeres, la realicen o no, permite fabular un reparto rígido de roles basados en la biología, una imagen femenina idealizada y llena de las cualidades que debería tener una mujer, y justifica una rigidez social mucho más allá de lo acordable entre personas, ya sea en pareja, en comunidad u otra cosa. Una esencia que está más allá de nuestra voluntad personal y colectiva, y que parece ser en muchas opiniones (y aquí el problema no son sólo Félix y Prado) el muro que separa al género femenino de un igualitarismo que en otros temas nadie cuestionaría. Parece posible aquí soñar un mundo en que las mujeres aceptasen un rol social diverso al de los hombres y un reparto desigual de tareas sin que mediase ningún autoritarismo explícito ni implícito, en una toma de conciencia espontánea basada en los sentimientos y capacidades de unos y otras.

Y esta esencia es también un ingrediente fundamental de los discursos patriarcales de la modernidad, unida a la expectativa del consentimiento de las mujeres en la estructura social. Abolida ya, teóricamente, la rigidez social del antiguo régimen, cuando se supone que se abraza la fraternidad y el igualitarismo social ¿Qué excusa utilizar (especialmente después de la Revolución Francesa, en la que las mujeres tuvieron un papel importante) para seguir manteniendo una segregación social basada en el género? Rousseau y su discurso de la complementariedad son especialmente funcionales a esta nueva necesidad de organización social. Ya no se dirigirá y justificará (los cambios son lentos y complejos y las prácticas patriarcales «duras» de siempre no cesarán de golpe en todas partes) la segregación de roles según género basada en el autoritarismo, sino en un «lugar natural» en el que supuestamente las mujeres serán felices.

Por supuesto, este lugar natural ha ido mutando desde entonces con el tiempo y las necesidades del sistema. Pasando por las amas de casa repletas de electrodomésticos y consumiendo compulsivamente para matar el tedio hasta llegar a la mujer moderna divirtiéndose hasta sentar la cabeza y tener hijos (quedándose en casa con ellos o subcontratando a otra mujer para el cuidado) todo ha ido cambiando para que nada cambiase.

Esa especie de «ensueño» de la vuelta a una realidad que nunca existió (y que no es una imagen formada sólo por los historiadores de derechas, puesto que también está asumida por buena parte de la izquierda) parece reavivarse en momentos de crisis social. Y no es extraño que ahora reviva; reducir la mano de obra femenina en tiempos de paro ha sido siempre una constante; lo mismo pasa con los inmigrantes. Pero en realidad es la nostalgia de unas imágenes nacidas de la industrialización. Ahí se produce una contradicción: asumir como propia la historia de las mujeres más privilegiadas (que, por otra parte, tenían servicio doméstico, y un papel como «ángel del hogar» burgués mucho más cercano al de la empresaria actual que al de la madre idealizada), y a la vez olvidar nuestra propia historia (aquella de la que forman parte los discursos de emancipación de las mujeres o sobre el amor libre del anarquismo de principios de siglo, o el mismo hecho de que la primera ley despenalizadora del aborto en el estado español fuera promulgada por los anarquistas en el período revolucionario).

Por otra parte, por mucho que el lugar de la mujer ya no sea exclusivamente la casa, es evidente que no han dejado de nacer personas en el mundo, y está claro que la crianza está repleta de problemas generados por el capitalismo. Haría falta un esfuerzo serio para abordarlos de verdad. Pero otra vez se enfoca un tema especialmente sensible desde la culpabilización del ente abstracto del «feminismo», una eterna acusación que no tiene nada de alternativo ni de novedoso, pero que socialmente funciona como un elemento más para desviar las críticas que van a la raíz de los problemas.

Igual sucede en el amor, otro de sus caballos de batalla. Ahí los textos se convierten en una retahíla de llamadas a una emocionalidad descontrolada sazonada de ataques al feminismo por su criminalización del amor y de las relaciones entre hombre y mujer (dicho sea de paso, sorprende esa consideración de los hombres como seres reacios a cualquier discurso de género y amenazados por ellos.) Y por si no hubiera bastante, una defensa cerrada de la familia como institución no ya obviando, sino directamente negando, su historia opresiva.

En cualquier caso, esas insistencias en lo bondadoso y natural de los roles suscitan la misma duda que los argumentos de la complementariedad: si eso es tan «natural», ¿a qué tanta insistencia, tanta educación, tanta muñeca bebé de pequeñas y tanta pregunta de para cuándo vamos a tener hijos?

Además de obviar los intereses natalistas de los gobiernos, industrias como la de la reproducción asistida, etc. En fin, no se puede enumerar todo lo que se está dejando de lado o manipulando. Lo preocupante si se asume esto es que al disfrazar de discursos asumidos por el poder o de reivindicaciones del Estado todas las críticas radicales a la represión familiar, emocional o sexual, hayan sido hechas desde el campo libertario, desde el feminismo o desde la contracultura, se mantiene la oposición entre la familia y el tándem estado/capitalismo, sin ver que sólo puede haber libertad más allá de esta falsa contraposición.

La defensa insistente de la familia nuclear, esa que se ha calificado acertadamente de invento radiactivo, y tan natural como la energía nuclear misma, se comprende sobre todo desde el aislamiento individualizado que vivimos y la falta de lazos comunitarios. Esta sobreexposición emocional, los ataques irracionalistas al igualitarismo o la recurrencia a una organización social basándose en mitos o esencias no dejan de formar parte de un naufragio colectivo de la racionalidad, al final acaban fortaleciendo la organización del sistema que se quería cuestionar.

Y precisamente se obvia que en buena parte la incorporación de muchas mujeres a trabajos asalariados que les eran vedados se ha debido a la precarización del cuidado a cargo de otras mujeres, no a la sumisión de los hombres al feminismo de Estado. Que estas mujeres invisibilizadas que cuidan pertenezcan a las capas más explotadas de la sociedad y sean a menudo inmigrantes, debería ser un toque de atención precisamente si negamos el ciudadanismo. Todo esto es posible con políticas públicas que en la práctica siguen fomentando lo mismo, sean cuales sean sus discursos.

Se ha señalado muchas veces (y con razón) el papel de determinados discursos institucionales de teórica liberación de la mujer como funcionales al capitalismo. En general han sido críticas a discursos de izquierda, pero el sistema, especialmente ahora, no sólo vive de argumentos socialmente progresistas. El reaccionarismo social en auge es perfectamente compatible con el desarrollo económico. Los discursos que culpan a las mujeres de haber «destruido» las familias, etc. son muy viejos –nunca se fueron por más que lo disimulara la propaganda progre– y tienen más fuerza social de lo que parece. Retornan con más fuerza en tiempos de crisis, y parece que se nos cuelan hasta en la cocina cuando son argumentos del poder. Por ejemplo, cuando se señala la desestructuración familiar como causa de todo: nunca se habla de las causas profundas, siempre se centra individualmente en las mujeres.

Bajo la capa de una crítica al capitalismo, nos encontramos, bajo diferentes envoltorios, con los viejos clichés del poder, bien repetidos con entusiasmo o bien aceptados sin crítica: la «buena mujer-madre» capaz de educar-criar por sí misma y neutralizar por sí sola todo el entorno social y la «mala mujer» (¿no-madre o mala madre?) «adaptada al sistema», que parece «merecerse» la opresión patriarcal en la versión más agresiva del discurso antifeminista o, en sus versiones más amables, mujer que se equivoca al aspirar a tener las mismas posibilidades sociales que los hombres, puesto que eso es un engaño contemporáneo. El rol de «padre sostenedor» que se reivindica daría para mucho, especialmente por quien se supone que cuestiona el trabajo asalariado en sí. Sumamos y seguimos.

El maridaje con discursos de la extrema derecha no se queda ahí. Nos encontramos con la difusión de vídeos de algún juez denunciando la persecución a los varones por la Ley de Violencia de Género, que se mezcla con discursos patologizadores como los relacionados con el Síndrome de Alienación Parental y lo que caiga. La defensa de la represión al aborto, merece capítulo aparte. Con la afirmación de que los poderes políticos y económicos intentan controlar los cuerpos de las mujeres (aspecto que es evidentemente cierto) se justifican los deseos de otro tipo de control. Todo vale en el rechazo de la capacidad de decisión de las mujeres respecto a sus propios cuerpos, que es el problema de fondo, no el aborto en sí; está claro que no se va a terminar el problema con leyes de maternidad forzosa, ni tampoco es eso lo que se persigue.

Y se recurre en el empeño al rescate de argumentos ya polvorientos, como el de que al salir de la dependencia de los hombres «se ha caído en las garras del capitalismo» –argumento sorprendente en espacios antiautoritarios, como si nunca nadie hubiese criticado la explotación laboral–. Parecería que la bienintencionada voz de quien lo repite esté al margen de los límites impuestos por el sistema…

Tampoco es que surjan esas ideas de repente como setas; algo tendrá que ver la falta de interés previo. Como ya señalaron en la revista Terra Cremada[3], durante años no se ha prestado apenas atención, por ejemplo, a las manifestaciones «en defensa de la familia» orquestadas por los obispos, ni ahora a los virajes políticos ultraconservadores.

En fin, el tema da para pensarse en serio qué está pasando cuando se da tanta audiencia a tales seudocríticas, que es el punto central. Y qué ideas se están planteando sobre el igualitarismo. La igualdad real entre hombres y mujeres no es algo abstracto que se plasme en leyes o discursos políticos, ha de ser real o no será. Y es imposible en una sociedad capitalista y en una sociedad patriarcal, porque la imposición de roles de género nunca permitirá una emancipación plena, por más que se vista de alternatividad, y aproveche la confusión de identificar los discursos vacíos del poder con el igualitarismo. Hay que tener en cuenta que un igualitarismo auténtico no consiste en que todos vivamos de la misma manera, sino en que lo hagamos como deseemos. No es de recibo que para cualquier otro aspecto humano rechacemos sin problema las imposiciones al libre desarrollo personal y que para las cuestiones de género se nos cuelen estos argumentos en el debate.

La libertad exige la posibilidad de elegir entre diversas opciones de vida. No se puede obviar esto insistiendo en un modo de vivir la feminidad o la maternidad como único y deseable, ni resucitando a conveniencia el espantajo de las mujeres desnaturalizadas o las «marimacho». Y del mismo modo que elegir un camino en (siempre relativa) libertad no puede suponer dejar de cuestionarse los límites colectivos, respetar esas elecciones es respetarlas de verdad, no patologizarlas como enfermedad, locura y desnaturalización, lo que nos remite a la psiquiatría decimonónica, de la que los psicólogos y psiquiatras contemporáneos no andan muy alejados.

En otro contexto de no reclusión del cuidado a lo privado ni a lo institucional, no tendría sentido ninguno esa insistencia culpabilizadora en la experiencia individual de la maternidad ni el amor entendido de un modo tan represivo. Esa culpabilización constante es otro signo de nuestro tiempo.

Criticar los diferentes discursos feministas es deseable y necesario, y se han hecho muy buenas críticas. Pero cualquier crítica seria (al feminismo o a lo que sea) debe hacerse desde el conocimiento de aquello que se cuestiona, por lo que tampoco está de más echar un ojo al contexto: si se presta tan poca atención a los temas de género, o si se seleccionan sólo determinados aspectos como los relacionados con parto y crianza, o si se atienden únicamente en determinadas campañas, no es raro que acaben surgiendo y aceptándose críticas al feminismo que parten, entre otras cosas, de la ignorancia sobre el tema.

El chantaje entre la casa y la empresa, entre la pelea diaria contra la explotación y la reclusión de mujeres y niños, es obra del poder. Por supuesto, esto ya no viene sólo de la mano de la derecha y el tradicionalismo, también viene de la mano de un capitalismo moderno que nos insta a ser todo lo productivas posible «antes» de tener hijos, y nos entona cantos de sirena neopatriarcales al lado de la supermujer ejecutiva que supervisa desde la Blackberry la casa y los niños al cuidado de una inmigrante sin papeles. Aunque esta retahíla de discursos se venda como innovadoras críticas del feminismo, de eso nada, puesto que rescatan y repiten viejas y no tan viejas argumentaciones.

Es el chantaje de siempre a todas las mujeres explotadas, y llegados a este punto, creo que queda bastante claro que aquí nadie está hablando de Patricia Botín, y quien quiera escribir sobre el papel social de las integrantes de la federación de mujeres empresarias votantes del psoe que les dirija el texto directamente a ellas. Lo que revela una incapacidad colectiva es el hecho de que en ámbitos donde se intentan superar los discursos del poder se caiga dentro de estas falsas disquisiciones. La única forma de superar los discursos institucionales y las únicas vías de igualitarismo real consisten en priorizar realmente el cuidado, y eso significa volverlo comunitario y no delegarlo; plantearse la necesidad de una emancipación colectiva bien lejos del «a mí no me afecta». Eso es lo que se debería plantear si se quiere reflexionar sobre el patriarcado.

Porque esa es la cuestión que parece prioritaria, la coherencia colectiva.

No se tomen estas reflexiones como un llamamiento a priorizar los temas de género, realizar actividades específicas, ni nada de ese estilo; lo que me parece exigible es que, al menos en espacios críticos, no se nos haga comulgar con ruedas de molino.

Guiomar Castaños

[1] . Aldarull, Barcelona, 2012.
[2] . « De la lucha al victimismo», Ekintza Zuzena, nº 39.
[3] . «De fascismos», Terra Cremada, nº2.

Artículo recogido de la revista Argelaga

Ilustración: grupo de teatro TrioSpotlight y en el Portafolio el mito alemán de Lorelei

Portafolio

La joven Loreley El canto de Lorelei