Sábado, 25 de marzo de 2017|

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Cultura del anarquismo español (1880-1913)

Lily Litvak nos obsequia con este excelente artículo sobre una época y unos conceptos en la que, sin duda, es experta. El artículo dotado de una relación riquísima de datos y referencias, exquisito en su redacción, se hace una lectura recomendada para todos.

Importante: se ruega leer el artículo desde el documento adjunto original, que incluye las oportunas cursivas y la relación de notas a pié de página que completa su correcta lectura.

Cultura del anarquismo español (1880-1913)

Lily Litvak

En Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, Díaz del Moral da una espléndida definición del obrero consciente: “Leían y se educaban con apasionado entusiasmo.” Aún ahora, completa Brenan, “cuando se pregunta a los habitantes de Casas Viejas sobre los antiguos militantes, se oyen frases como “estaban siempre leyendo algo, siempre discutiendo. Su mayor placer era escribir artículos para la prensa anarquista en un lenguaje elocuente y apasionado.”

Estas palabras revelan la importancia que los libertarios atribuían a la educación y a la cultura. Nunca, ningún movimiento otorgó a la cultura tanto valor como los anarquistas. En Acracia se declara que por ella “las inteligencias y las voluntades dispersas se unen y conciertan en un pensamiento y una acción común y se forma esa entidad poderosa; el pueblo consciente.”

Para los anarquistas, la redención de los trabajadores debía ser obra de ellos mismos. Por medio de la educación estaba al alcance de su mano, pues el progreso no era mecánico ni determinista, sino producto de la voluntad y la actividad humanas. Sólo dependía de que el proletario se instruyese y así adquiriera conciencia de sus merecimientos, de sus potencialidades y derechos. Que el talento no es privilegio de los ricos, lo probaban los siguientes datos según La Protesta de Valladolid: que “El pontífice Adriano IV fue hijo de un mendigo”, “que Pío V guardó cerdos en su infancia”, “que el emperador de Marruecos Abel Moumen fue hijo de un alfarero”, “que Pizarro, el conquistador de Perú, era expósito, y Pedro, el fabulista, el hijo de un pobre esclavo.” Tales datos ratifican su creencia en el libre albedrío y su fe en el poder de la inteligencia y sensibilidad humanas. La voluntad de conciencia era motor de la historia, y diferenciaban tajantemente el fatalismo del determinismo social.

Se puede encontrar en forma novelada una relación del compromiso que el proletariado militante tenía con la cultura en las páginas de Justo Vives donde se relata como el protagonista, aunque injustamente encarcelado, se instruía, leía, conversaba, discutía con sus compañeros. En esa asamblea cotidiana se leía la prensa obrera y la burguesa, y de ésta se hacía crítica de los artículos dedicados a la cuestión social. Se estudiaban las obras más notables del movimiento obrero, se entremezclaba la lectura sociológica con la puramente literaria, filosófica y recreativa. Es de resaltar que aún las obras extranjeras se traducían de viva voz. Los compañeros más cultos daban conferencias, y el propio Justo disertó sobre diversas maderas, su aplicación y uso. Puede verse en esta obra que la cultura libertaria actuaba en ese presidio como catalizador para cristalizar un microcosmo libertario. Así “los ignorantes se ilustraban, los débiles se fortalecían y todos adquirían nuevo vigor y mayores bríos para dedicarse al trabajo redentor que ha de apresurar el advenimiento de la suspirada revolución social.”

Los anarquistas eran firmes creyentes en la educación. El obrero consciente se ponía inmediatamente a instruirse. Creían que lo único que impedía a otros pensar como ellos era la falta de educación. Por ello, atribuían gran importancia a las escuelas y generalmente ponían una en su centro. Azorín, en Anarquistas literarios, vincula el anarquismo racionalista con Platón, Carlos III, Macanaz, el Papa Gregorio el Magno, Lope de Vega. Predicaba “el triunfo de las nuevas ideas” y exhortaba: “Defiéndase la instrucción. Haga la iniciativa particular lo que el Estado no hace. Fúndense instituciones para la enseñanza, ábranse laboratorios donde puedan estudiar científicos, créense escuelas donde el obrero aprenda a ser hombre y a haga efectivos sus derechos.”

La educación empezaba desde la niñez. Modelo de las escuelas anarquistas era la Escuela Moderna, fundada y dirigida por Francisco Ferrer y Guardia , “iniciador de la educación y la instrucción sin mistificaciones ni resabios místico-convencionales o patrióticos”, según se complace pregonar Anselmo Lorenzo . Se rechazaba allí todo dogma o sistema, la Escuela tenía catorce sucursales en Barcelona, y treinta y cuatro en la provincia. Entre sus textos se contaban Cartilla filológica, primer libro de lectura, se ridiculizaban las condecoraciones, medallas, insignias y escapularios, se enseñaba a los niños las teorías evolucionistas y Dios era presentado como un ser fantástico. Las aventuras de Nono, segundo libro de lectura, proponía como realizable la utopía anarquista. El tercer libro de lectura Patriotismo y colonización, presentaba en la cubierta un globo terráqueo con las palabras “¿Cuál es la patria del pobre?” En Historia universal de Jacquinet se llama al comercio explotación del hombre por el capital, y se ataca al cristianismo.

En la novela León Martín o La miseria, sus causas y sus remedios de Carlos Malato, utilizada como libro de lectura, un pobre niño campesino de nueve años, plantea preguntas que revelan su inteligencia y agudeza. Sus padres, unos trabajadores pobres, temerosos y explotados no tienen respuestas a preguntas como “¿porqué hay pobres y ricos?”. Más tarde, sin embargo, aparece otro mentor en la vida de León Martín, el pintor Estanislao, un joven instruido y avezado en luchas terribles contra la familia de propietarios Manoff. Desde entonces, las preguntas y las respuestas se suceden con fuego, como “golpes de férreo eslabón contra un trozo de pedernal”, y a través de ellas, las ideas emancipadoras, se exponen con claridad y sin pretensión.

La construcción de esta novela a base de diálogos, preguntas y respuestas, conduce al lector a la conclusión lógica que encierra siempre enseñanzas ideológicas. Esta forma de escribir es constante en la literatura ácrata. Como puede verse en la serie de “Diálogos doctrinales” aparecidos en La Revista Blanca que aclaraban, en forma anecdótica, los postulados esenciales del ideario ácrata . De igual manera están construidos los diálogos de Sánchez Rosa, dirigidos a trabajadores del campo y el famoso Botón de fuego que se desarrolla como catecismo.

Para los anarquistas, la educación no se restringía a la niñez. Eran de gran importancia en la vida ácrata las conferencias y cursos de todo tipo dirigidos especialmente a los obreros. La sed de saber era enorme y abarcaba a todos los campos de la cultura y la ciencia. En los centros anarquistas se daban clases nocturnas de sociología, biología o gramática, y se fomentaba el cultivo de la literatura. Entre las más importantes actividades libertarias estaban las veladas literarias donde se leían poemas, ensayos y novelas escritas por compañeros. Los periódicos libertarios daban amplias noticias de estos acontecimientos; por ejemplo, la llevada a cabo en el teatro Jovellanos de Gijón a beneficio de la Sociedad de Carreteros, donde fue leído por su autor un poema en bable . En una actividad similar del 18 de marzo de 1886 en el teatro Rivas de Barcelona, en conmemoración de la Comuna, los estruendosos aplausos del público celebraron el poema de Llunas La revolución.

Entre las actividades culturales más significativas de los libertarios se cuentan los dos Certámenes Socialistas, celebrados para despertar entre las masas la afición por la cultura. En el discurso de apertura del primero, habló Joseph Llunas, periodista, poeta, director del Ateneo Catalán de la Clase Obrera, y director de La Tramontana, exponiendo un programa cultural basado en la cuestión social.

El Primer Certamen tuvo lugar en Reus el 14 de julio de 1885 y fue organizado por el Centro de Amigos de Reus, con colaboraciones de diversas sociedades y ateneos obreros. El Segundo Certamen Socialista que superó en importancia al primero se llevó a cabo en el Palacio de Bellas Artes de Barcelona en noviembre de 1889. Fue organizado por el grupo Once de Noviembre, y realizado en conmemoración a los Mártires de Chicago. Uno de sus propósitos era resolver los problemas sociales por medio de la educación del proletariado y manifestar la cultura intelectual del proletariado.

En una descripción del acto se lee que para los partidos políticos son ya demasiado grandes los locales pequeños; y sin embargo, para los anarquistas resulta pequeño el local más espacioso de Barcelona, el gran Salón de Bellas Artes. Entre los varios temas, el grupo Avant de Barcelona, propuso “Anarquía, su origen, progreso, evoluciones, definiciones e importancia actual y futura de este principio social”. Se otorgaba como premio a la mejor respuesta un “cuadro de rico y esmaltado marco con un artístico retrato de los Mártires de Chicago”. El Ateneo Obrero de Tarrasa propuso un relato novelesco: “El siglo de oro. Novelita filosófica o cuadro imaginativo descriptivo de costumbres en plena anarquía o en la sociedad del porvenir”. El premio, cien pesetas, fue otorgado a Ricardo Mella por su obra “La Nueva Utopía”. Para informar sobre el acontecimiento, se publicó en Barcelona en 1889 un volumen de 400 páginas, ¡Honor a los Mártires de Chicago! Segundo Certamen Socialista.

El esfuerzo cultural anarquista se ve reflejado en una prodigiosa actividad editorial. Son incontables los folletos publicados por los libertarios con capítulos sueltos o extractos de obras clásicas del anarquismo, monografíías y conferencias. Su tirada era casi siempre considerable, llegando hasta los 10.000 ejemplares, y alcanzando algunos hasta 130 ediciones. De La conquista del pan, por ejemplo, se vendieron en los primeros años del siglo unos 50.000 ejemplares.

Se editaban libros, generalmente ideológicos, pero asimismo gran cantidad de obras científicas: Haeckel, Darwin, Buchner, Reclus, y obras basadas en la historia como Las ruinas de Palmyra, de Volney . La reverencia a la cultura, en general, explica la heterogeneidad del material bibliográfico. Ramiro de Maeztu evocaba sus trabajos como lector en una fábrica de tabacos de La Habana y recuerda haber leído obras de Galdós, de D’Annunzio, de Kipling, de Schopenhauer, de Kropotkin, de Marx, de Sudermann. Interesa especialmente su lectura de Ibsen, que llegaría a ser un clásico. Comenta que un día, apenas comenzada la lectura, observó que algunos oyentes dejaban el trabajo para escuchar mejor, y a los pocos minutos no volvió a oírse el chasquido de las chavetas al recortar las puntas del tabaco: “En las dos horas que duró la lectura no se oyó ni una tos, ni un crujido... Era en La Habana, en pleno trópico y el público se componía de negros, de mulatos, de criollos, de españoles; muchos no sabían ni leer siquiera; otros eran ñañigos. ¿Qué obra podía emocionar tan intensamente a aquellos hombres? Hedda Gabler, el maravilloso drama de Ibsen... Nunca disfrutó Ibsen en Cristianía de un público más devoto y recogido.

Se pueden mencionar también entre los autores más populares publicados por los libertarios, Tolstoi, Mirbeau, Zola, Balzac, Sue, cuya obra El judío errante inició la conciencia revolucionaria de Anselmo Lorenzo y Fermín Salvochea.

Los folletos y libros anarquistas formaban parte muchas veces de importantes bibliotecas, por ejemlo, los Pequeños grandes libros, de reducido tamaño que se vendían a un precio que oscilaba entre 35 y 65 céntimos. Allí aparecieron obras de Kropotkin, Malato, Schopenhauer, Darwin, Zola. Otra interesante colección era la la Biblioteca Roja; pequeños tomitos con portada en papel rojo que publicaban además de las obligatorias obras del anarquismo internacional, títulos de Garofalo, Ferrero, Mantegazza, Darwin, Beccaria, Vogt, Sergi. Por ejemplo, La Novela Universal publicada en Valencia, de la cual tenemos noticias a través de La Voz del Cantero, la Biblioteca Juventud Libertaria, de La Coruña, con obras como Canciones libertarias, Héroe ignorado (monólogo), Cancionero revolucionario, Leyendas de la humildad. Ninguna lleva nombre de autor y todas se vendían a diez céntimos.

En el esfuerzo de difusión cultural anarquista tienen un papel destacado las revistas. Se deben mencionar Acracia, Natura, Ciencia Social y La Revista Blanca. Acracia fue iniciada en 1886 y se mantuvo hasta junio de 1888; con un total de treinta números donde aparecieron importantes trabajos de Pellicer Paraire (Pellico), y Ricardo Mella. Ciencia Social salió en Barcelona en octubre de 1895. Era una publicación mensual, en tamaño 4º, papel satinado y de esmerada impresión. En su portada aparecían los nombres orlados de Proudhon, Courbet, Darwin, Marx y Bakunin. Se subtitulaba “Revista de Sociología, Artes y Letras” y contaba entre sus colaboradores con Anselmo Lorenzo, Pedro Corominas, Pompeyo Gener y Ricardo Mella (firmando como Raúl). Un grupo de anarquistas españoles fundó en Buenos Aires una revista idéntica a Ciencia Social y de igual nombre. Natura era quincenal, y en ella se concentró la vida intelectual del anarquismo. La fecha de suu primer número es el 1 de octubre de 1903, se editó hasta 1905, contando con la asidua colaboración de Mella, Clementina Jacquinet, primera directora de la Escuela Moderna, Anselmo Lorenzo y Donato Lubén. En sus páginas se consideraba que debía haber una unidad entre estética y vida. Buscaba extender la inteligencia “a todas las bellezas del arte humano.”

La Revista Blanca tuvo su primera época de 1898 a 1905. El primer número salió el 1 de julio de 1898, presentándose como publicación bimensual de Sociología, Ciencias y Artes. Fue fundada por Federico Urales y fue, sin duda, la revista más importante del anarquismo español, merced a la calidad de sus colaboradores, al alcance de sus artículos y editoriales, a la regularidad de su publicación, a su longevidad y tirada que alcanzaba los 8.000 ejemplares. Fue bautizada en agradecimiento a La Revue Blanche que había tenido una calurosa ayuda a los militantes encarcelados en Montjuich. Defendió a Zola, perseguido por su campaña en el proceso Dreyfus, atacaba el militarismo, exhortaba a los obreros a dejar el tabaco y el alcohol, propagaba las ideas de Tolstoi e Ibsen. En sus páginas se cuentan las firmas de Unamuno, Dorado Montero, Jaume Brossa, Pedro Corominas, Jacinto Benavente, Clarín, Anselmo Lorenzo, Teresa Claramunt, Ricardo Mella, Fermín Salvochea y Federico Urales. En su primera editorial la revista anunciaba que en vista de que faltaba una masa verdaderamente “intelectual, capaz de apreciar el producto de las inteligencias que se dedican a la exploración de mundos desconocidos”, su fin sería educador, y su misión “enseñar con el periódico, con el libro, con el drama y con todas las obras que interesan al corazón del pueblo y a sus ideas.”

De la admiración por la cultura y la inteligencia proviene la apertura de la revista a los intelectuales, que ya se habían unido ante el proceso de Montjuich. Dos de las figuras más representativas son Azorín y Pere Corominas, pero no fueron los únicos. Hubo un momento en que la colaboración de los intelectuales en las publicaciones libertarias fue abundante y continua. Entre los nombres que aparecen en estas páginas figuran Unamuno, Urbano González Serrano. Algunos poemas de contenido social fueron escritos por Dicenta, Salvador Rueda y Julio Camba, que antes de ser firma de Abc fue colaborador sistemático en la prensa libertaria. También lo fueron Azorín, que aportaba una columna periódicamente a El Despertar, Marquina que colaboraba en El Porvenir del Obrero. Sin embargo, no podemos ir muy lejos al considerar esas relaciones, siempre debe tenerse en cuenta una cierta desconfianza latente de los obreros hacia esos asociados. Se prefería un compromiso más firmemente expresado, que encontraban en una nómina heterogénea de autores: Victor Hugo, Balzac, Sue, Maupassant, Zola, Tolstoi, cuyas obras se incluían entre los “grandes textos anarquistas”.

Los anarquistas declaran la necesidad de la libertad tanto en el sentido ideológico como creativo para la creación literaria. Consideraban que el ideal debía ser “humano y por ello revolucionario”. No aceptaban a los poetas modernos encerrados en su torre de marfil, que adoptaban la idea de que la decadencia de la literatura se manifestaba por el predominio de la forma sobre el contenido. De allí los ataques contra el modernismo o el esteticismo, lejanos de los problemas del pueblo.

La obra literaria debía ser una forma de conciencia social, un reflejo del ideal y de las aspiraciones del hombre y su identidad anarquista. En «La literatura obrera», artículo aparecido en El Productor, se postula la necesidad de crear una literatura proletaria como medio de acción social. En su discurso de apertura al Primer Certamen Socialista, Llunas hace una contrapropuesta a la cultura burguesa, que reafirma en su prólogo a Justo Vives. Señala que la forma novelística obedece al deseo de que las ideas de la emancipación obrera traspasen los límites del periódico de combate, del folleto, y aun del libro didáctico “para invadir el terreno de la novela, del teatro, del esparcimiento en sus variadas manifestaciones”.

A la creación literaria se dedicaron los grandes teóricos del anarquismo español, figuras como Anselmo Lorenzo, López Montenegro, Llunas, Serrano Oteiza, Federico Urales, escribieron novelas y obras de teatro; pero lo que más abunda es el cuento corto, el poema o himno revolucionario publicados en periódicos y escritos por militantes frecuentemente anónimos. Sin embargo no deja de haber intentos innovadores en cuanto al alcance genérico de esa literatura. A menudo los anarquistas subtitulan sus creaciones con acotaciones aclaratorias: “apólogo”, “cuento fantasmagórico”, “prosa poética”, “drama en un acto”, “monólogo”, “diálogo doctrinal”. Era una literatura dirigida a un público nuevo, hasta aquel momento excluido del discurso intelectual. De allí el uso de formas expresivas dotadas de un alto poder persuasivo, de palabras e imágenes fuertemente emotivas.

Interesa comentar brevemente la actvidad teatral que desarrollaron los anarquistas como parte esencial de su cultura: vehículo ideal de educación política y medio de comunicación directa con el pueblo. El teatro se encaraba como una actividad total, complementada por discursos, lectura de poemas y números musicales. Las funciones se hacían generalmente en beneficio de compañeros presos o en huelga, con el propósito de recaudar fondos para el movimiento, o en conmemoración de alguna fecha significativa.

Las representaciones eran llevadas a cabo por algunas compañías dramáticas, pero más generalmente por grupos de aficionados formados por obreros y campesinos comprometidos con la causa. Los grupos se multiplicaron con rapidez formando una verdadera red en toda la península. En los periódicos se encuentran noticias de sociedades como La Poncella, de Sabadell, que presentaba en el Café España “Obras dramáticas de contenido social.” El grupo Fraternidad de Barcelona inició su actividad en l903 con La vida pública de Emile Fabre, según informaba en Madrid el Suplemento a La Revista Blanca. Una carta de Alvan (o Albano) Rosell i Llogueres, más tarde maestro en la Escuela Libre de Ferrer y Guardia, da cuenta de la formación en Sabadell, en 1901, de una agrupación que deseaba contrarrestar al teatro burgués, “que sólo pone en escena obras sin ideal”. Debutaron en Vela de Caldes el 26 de mayo de 1901 con La Resclosa de Ignasi Iglesias.

Las bibliotecas teatrales publicaban volúmenes y folletos a muy bajo precio. “Avenir” sacaba buenas ediciones de Henrik Ibsen y de Octave Mirbeau que se vendían a 25 ó 50 céntimos. También hay que consignar ciertos periódicos anarquistas que estaban exclusivamente dedicados al arte dramático. Por ejemplo Teatro Social, que apareció en Barcelona el 24 de mayo de 1896 y Avenir, dirigido por Felip Cortiella, cuyo primer número salió en Barcelona en marzo de 1905, casi todo en catalán.

Una de las figuras más interesantes fue la de Felip Cortiella . Nacido en Barcelona el 9 de noviembre de 1871, de familia acomodada pero venida a menos, se vio obligado a empezar a trabajar como cajista en la redacción del diario barcelonés La Publicidad. Se aficionó a la lectura de obras dramáticas casi al mismo tiempo en que su contacto con anarquistas lo impulsó a leer las obras de Mijail Bakunin y a acudir a actos de propaganda libertaria. Fundó en Barcelona un grupo, que solía reunirse en la cervecería de la calle Dulce nº8, bautizado como Compañía Libre de Declamación que duró de 1894 a 1896. Iniciaron sus representaciones con Els senyors de paper de Pompeu Gener, que había quedado expulsado del escenario burgués, y con un drama de Teresa Claramunt . La tercera obra fue Casa de muñecas de Ibsen, en castellano. Fue la primera representación en España, antes de que la moda ibseniana invadiera el país. Desde entonces Cortiella se convirtió en promotor del dramaturgo noruego.

Durante esos años, Cortiella escribió varias obras sobre teoría dramática, una de ellas, El teatro y el arte dramático en nuestro tiempo, atacaba el comercialismo de la escena burguesa. En 1897 entró como tipógrafo a L’Avenç, donde se identificó con la realidad catalana y se perfeccionó en la lengua. En 1901 empezó sus labores de traductor, vertiendo al catalán y al castellano Los malos pastores de Mirbeau, y comenzó su proyectada Vetllades Avenir: una serie de veladas “dramático-sociológicas para alentar a los artistas revolucionarios. Llevaron a cabo cuatro representaciones todas estenadas en catalán: Els mals pastors de Mirbeau, Quan ens despertarem dentre’l morts y Els pillars de la societat de Ibsen y por primera vez en España, Las tenazas de Paul Hervieu, y La jaula de Lucien Descaves en castellano. En 1903, Cortiella, Joan Casanova y Pere Ferrets fundaron el Centro Fraternal de Cultura donde se organizaban veladas musicales, conferencias y representaciones teatrales. Su meta era extender la cultura entre la clase proletaria y con tal motivo se formó una biblioteca que prestaba los libros a domicilio. La “vetllada” del 7 de octubre de 1903 fue dedicada al arte dramático.

Otro crucial promotor del teatro proletario fue Alvan Rosell, un antiguo miembro de la agrupación Avenir y amigo de Cortiella, de oficio tejedor, autodidacta, gran lector, federalista antes de abrazar el ideario anarquista. Desde los diez años comenzó su afición por el teatro y entró desde joven a formar parte de grupos de aficionados. Su ideal era hacer un teatro de combate y de lucha. Fundó la Agrupación Ibsen en Sabadell. Debutó en el Teatro Euterpe con Dolora de Cortiella y Plors del cor de Rosell. Continuó con Espectres de Ibsen, la única obra traducida entonces al catalán. Hubo disensiones con quienes querían montar obras más comerciales, pero persistieron en la empresa sin comprometer el contenido. Rosell fue profesor en la Escuela Moderna, emigró a América y en Buenos Aires tomó la dirección de la Escuela Libre de Víctor Crespo. Más tarde se trasladó al Uruguay, donde continuó su trabajo como escritor de teatro infantil. Explica sus ideas al respecto en su obra teórica El teatro y la infancia.

Es esclarecedor repasar el repertorio favorecido o rechazado por los anarquistas. Excluían las obras que atacaban su ideología como La Anarquía de Rodríguez Flores y La festa del blat de Ángel Guimerà, que calificaron de “contubernio de romanticismo y realismo” . Atacaron a Benavente por su “excesiva delicadeza en Sacrificio y La noche del sábado”. Los anarquistas rechazaban el teatro que no fuese de asunto moderno, no gustaban de los dramas históricos. Según ellos, era necesario presentar conflictos contemporáneos, con problemas sociales pertinentes. Dentro de esa categoría, pronto se estableció una lista de clásicos representados, comentados una y otra vez. Entre los favoritos se cuentan Los tejedores de Gerhart Hauptmann sobre la sublevación en 1844 de un grupo de tejedores de Silesia. Los malos pastores de Mirbeau, fue aclamado como “la tragedia de nuestro tiempo, la tragedia social que apenas empieza [. . .] sin nebulosidades ni simbolismos que torturen el pensamiento” . Pero la obra que más entusiasmó fue Un enemigo del pueblo, de Ibsen. Mostraba la burguesía enriquecida de mediados del siglo XIX, atrapada en sus ambiciones de poder y crecimiento económico, incompatibles con el bienestar de resto de la sociedad. Los anarquistas encontraron aquí una tesis sobre la defensa del individuo que desea realizarse plenamente sin imposiciones de la sociedad. Su estreno en 1893 por la Compañía Tutau en el Teatro Novedades de Barcelona fue crucial para el teatro obrero, asi como las representaciones sucesivas. La Idea Libre comentó que el estreno en Madrid no fue apreciado por los burgueses sino por los desposeídos. La indiferencia de los ricos contrastaba con el entusiasmo que provocó cuando fue escenificada gracias a los esfuerzos de Cortiella en el Teatro Lara en 1890. Otros dramas de Ibsen fueron también ovacionados; Rosmersholm, Espectres y sobre todo Casa de muñecas, llevada a la escena por Cortiella en 1895 y 1896 en el Teatro Circo Español con el título de Nora. A la entrada se regalaba al público un número del periódico Teatro Social con el retrato y la biografia de Ibsen escrita por Clarià, un estudio del drama por Pere Corominas, una salutación de Raimon Costa y un artículo anónimo titulado “El teatro y los anarquistas”.

Entre los autores españoles hay que destacar a Ignasi Iglesias. Nació en el barrio barcelonés de Sant Andreu del Palomar, y a los quince años estrenó su primer drama, La força de l’orgull, hoy perdida. Fue autor de obras polémicas que criticaban la moral tradicional, marcadas por el individualismo ibseniano. En Fructidor (1887), Els conscients (1898) y La Resclosa (1900), combate la moral tradicional tomando un firme partido anarquista, mientras que en El cor del poble (1902) y en Els vells (1903) se plantea el problema obrero. Esta última obra, junto a Les garces (1905) y Foc nou (1909), fueron traducidas al castellano y representadas en otras ciudades de España e Hispanoamérica. Sus dramas, de ambiente proletario, ideología reivindicativa y carácter humanitario, situados en ambientes modestos protagonizados por gente trabajadora, a menudo víctimas de las leyes burguesas, lo convirtieron en el “poeta de los humildes”.

El estreno de Juan José, de Joaquín Dicenta, la noche del 25 de octubre de 1895 en el Teatro de la Comedia de Madrid, fue un gran acontecimiento. Se abre el telón, queda a la vista una taberna de los barrios bajos madrileños, concurrida por obreros en alpargata y blusa que deletreaban trabajosamente el editorial de un periódico que clamaba por la libertad. El autor, hacía suyas las protestas de los trabajadores. Al final, la ovación fue estruendosa y el autor tuvo que salir varias veces al escenario a petición del público. Este drama ha sido, con Don Juan Tenorio, el más representado en España. Se siguió montando todos los primeros de mayo desde la muerte de Dicenta (1917) hasta 1937, cuando se llegó a la función número cien mil. Otras obras merecen ser citadas: El pan del pobre, estrenada en Madrid en l895, inspirada en Los tejedores de Hauptmann. Fue Echegaray quien dio a los autores Félix González Llana y José Francos Rodríguez la idea de hacer una adaptación muy libre; los cinco actos del original se redujeron a cuatro, y se varió algo el argumento. Igualmente, es preciso mencionar La mancha de yeso, del poeta obrero Remigio Vázquez, popular hasta la Guerra Civil española, y El mundo que muere y el mundo que nace de Teresa Claramunt, un drama sentimental con un argumento sobre la revolución social, presentado por la Compañía Libre de Declamación el 14 de marzo de 1896 en el Circo Barcelonés.

Federico Urales fue el autor de Honor, alma y vida (1899) y Ley de Herencia (1900). En su autobiografía narra que la primera se estaba ensayando en el Centro de Carreteros de la calle de Jupí, cuando ocurrió el atentado de Cambios Nuevos, y que la segunda fue escrita en la cárcel donde estaba recluido con motivo de las represiones. El Castillo maldito es una obra con más pretensiones; tragedia en siete actos, dividida en treinta y tres cuadros, presenta los sucesos de Montjuich utilizando diversos escenarios; desde la calle de Cambios Nuevos hasta los calabozos y habitaciones oficiales del Castillo de Montjuich. Tenía 113 personajes además de 87 obreros, cifra simbólica pues fue el número de procesados por la bomba de Cambios Nuevos

Ilustración: Un momento de la representación de "Casa de muñecas" del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, por la compañía alemana Theater Oberhausen para el Festival Internacional de Teatro de Caracas 2012.

Lily Litvak colaboró en nuestro último número Especial Feria del Libro de Madrid 2012, de hecho este artículo es consecuencia de dicha colaboración.