Sábado, 16 de diciembre de 2017|

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Ajo(blanco) y agua: un anarquista en Nueva York

Pepe Ribas, en el Cervantes de Nueva York/A.G.

Cuando menos te lo esperas el Instituto Cervantes de Nueva York saca las garras y te convoca a un “encuentro íntimo” entre su director, Eduardo Lago, y Pepe Ribas, quien haga lo que haga en la vida, incluso si le dan el premio Nobel de la Paz como a Obama, está condenado a pasar a la Historia como el creador y director de Ajoblanco. La mítica revista libertaria que ahora parece que podría volver a asomar en forma de web, sí.

Pero con calma. Que a Pepe Ribas parece que en la edad adulta –tenía 20 años en 1973, cuando mataron a Carrero Blanco y él fundó Ajoblanco- le ha dado por pasar de todo o de mucho. Por escribir libros y novelas en vez de artículos. Por atender con mimo zen su huerto en l’Empordà (así mata tres pájaros de un tiro: se ahorra el yoga, el gimnasio y el hacer cola en el supermercado). Por dar clases por toda Latinoamérica. Por viajar y pensar mucho. Y por conversar, que es algo que hace magistral, casi hipnóticamente.

Y no es que te anestesie con halagos ni con corrección política. Qué va. Ejemplo número uno: “con el actual marco político catalán te mueres más de asco que con el franquismo”. Ejemplo número dos: “Barcelona se está convirtiendo en una ciudad que ya no produce nada, excepto prostitución. Esa es una de las razones de la gran popularidad internacional de Barcelona, por supuesto una razón que nadie cuenta”. Etc.

Es verdad que esto no lo soltó en el Cervantes sino en mi cara cuando dos días después comíamos en el bar Pitti, en la Sexta Avenida. Un sitio de esos que parecen sencillos pero que a poco que te despistes te encuentras con Donna Karan sentada en la mesa de al lado. Felizmente ese día los más vip éramos nosotros y pudimos disfrutar de la estupenda cocina italiana y de la intimidad de la inteligencia.

Quiero decir la inteligencia de él. Ribas suelta esas cosas que dice que piensa con una especie de flema británica. ¿Un gentleman del anarquismo? Con todo lo provocador que es y está reside en él una elegancia, un distraído aire aristocrático –de cuando aristocracia significaba el gobierno, o el desgobierno si me apuras, de los mejores-, propio de quien ha nacido, más que en la edad de la pérgola y el tenis, en la de la ilusión y las ideas. Cuando parecía abrumadoramente posible –casi inevitable- cambiar el mundo.

“Y no como ahora que a lo máximo que puedes aspirar es a cambiar tu vida”, concluye, sereno como Norman Bates cuando ya ha salido del baño y ya se ha quedado tranquilo. Pues ya lo tiene todo hecho.

A día de hoy Ribas asegura que huye como de la peste de dos cosas: del éxito y de lo mediático. Da gracias al cielo –y parece que las da sinceramente- por una cadena de despropósitos editoriales que frustraron que su libro Los 70 a destajo se convirtiera en el best-seller que merecía ser. “Si llega a pasar eso, yo no podría ir ahora a mi aire”, concluye.

Y él lo de ir a su aire lo tiene sagrado. Cuenta que, como muchos de su quinta, se hizo libertario por pura intuición. Por el asco perfectamente simétrico que le inspiraban tanto el autoritarismo franquista como el de la izquierda miope sectaria, la misma que en nombre de la libertad te decía lo que tenías que leer, vestir, pensar, expeler…y si no, kaputt.

Ribas es mucho Ribas y cuando quiere te levanta de la silla hablando de aquellos tiempos. Glosando la erupción libertaria de Sevilla en los albores de la Transición, cuando se organizaban surreales fiestas de tres días con jóvenes señoritos andaluces redimidos por la subversión beatnik y por el hashish que ya habían empezado históricamente a fumarse, más los militares de la base norteamericana de Rota que traían más hashish y discos de Jimi Hendrix, más los gitanos que al oír a Hendrix ataron cabos, pusieron cordaje eléctrico a sus guitarras y se lanzaron a rasguear como demonios en un encabritado estado de gracia.

En resumen parece que a casi todos los héroes de la Transición les pasó como a los gitanos con Hendrix: que tuvieron que asomarse fuera para buscar lo que no sabían que llevaban dentro. Ribas describe la odisea de aquellos anarquistas españoles “intuitivos” que al principio desconocían su propia y larga tradición -¿quién coño sería Federica Montseny? ¿Y Buenaventura Durruti?- y la tuvieron que tomar prestada en versión light y extranjera de toda clase de malditos de aquí y de allá, del Mayo francés, etc.

Ribas de lo que habla es de una revolución de las ideas pero sobre todo de la vida. De las ganas de vivir de una determinada, apasionada manera. De salir de la larga noche de la dictadura que era también la de la cutrez. Pero con cuidadito de no entrar en otra.

Sostiene Ribas que incluso a estas alturas la Transición española sigue siendo como un iceberg pavoroso, con mucha más memoria oculta que a la vista. Insiste en que de todas las memorias históricas que España tiene pendiente, ninguna ha sido más escamoteada que la de los antiautoritarios. Perseguidos por arriba y por abajo, por la derecha y por la izquierda. Silenciados, traicionados y en ocasiones asesinados de la manera más insoportablemente paradójica. Surreal.

Y con todo tuvieron la suerte de vivir un tiempo extraordinario. Un tiempo en que era fácil creer que ser mejor era útil.

Ribas cree que en ninguna parte, ni en la célebre Movida madrileña, se vivió la Transición con tanta sustancia y tanta creatividad como en Barcelona. Visto desde ahora y desde aquí: qué envidia, Dios mío. ¿Dónde reparten grandiosidad? ¿En qué cola hay que ponerse?

Pero nada, lo único que ahora mismo reparten son unos tetrabik enormes donde pone: “Quién te ha visto y quién te ve, marca Acme”.

Entonces Ribas, él que puede –pues nunca tuvo hijos ni vicios- va y se quita estratégicamente de en medio de la mediocridad y la estrechez. Y se va…a su aire.

¿Qué le parecen Zapatero, Rajoy, Obama?…Me callo al ver cómo se pinta en su cara un automático, espectacular aburrimiento. “Me parecen puros monigotes mediáticos; no me interesan ni ellos ni nadie que salga en la prensa convencional actual. Lo que de verdad importa hace tiempo que no sale en los periódicos”.

Justo. Por eso estamos aquí.

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